Un cerebro que baila diferente

Por: Suheidy Milagros Ripoll Cabas.

Andrea Carolina Verbel Saumeth, una reina con y sin corona, es una mujer neurodivergente que ha transformado su diferencia en fortaleza mientras reconstruye su identidad entre Italia y Barranquilla.

En el imaginario colectivo del Caribe, en esa tierra bañada por dos imponentes cuerpos de agua, la cumbia no es solo una danza, sino también una representación de orgullo, un ritual alrededor de la pollera, donde el fuego de las velas desafía la oscuridad y el sutil compás de las caderas tiene el poder de cambiarlo todo.

La noche en que Andrea recibió la corona de Sirena Departamental de la Cumbia, entendió que ese baile que ensayó tantas veces no era solo la repetición de pasos, era destino, su destino, así que, para ella ese compás sí que lo cambió todo y marcó un momento sublime de su vida artística, el verdadero -antes y después-, e incluso, a pesar de que han transcurrido casi 10 años del momento, la emoción aún tiene el poder de iluminarle el rostro.

El instante en el que llegó a Puerto Colombia como una cumbiambera y salió convertida en una ‘sirena’ no fue simplemente triunfar en un certamen, fue la culminación de un esfuerzo mancomunado, una victoria forjada en la intimidad del hogar; donde cada larga noche de puntadas de vestidos de su madre y cada larga jornada de ella frente al espejo haciendo el papel de estilista tomó sentido al convertirse en la máxima representante de la Cumbia.

Sin embargo, detrás de esa ‘Sirena’ habita una mujer que afirma sin tapujos ser la clara representación de una paradoja: -Una reina y un camionero-, esta descripción muestra el perfecto contraste de su personalidad; fuera de la ostentosidad de la corona, Andrea es más como un ratón de biblioteca, una chica que encuentra el sentido en la simplicidad de la soledad. La figura de reina es un personaje alterno, uno que a pesar de ser alejado de su cotidianidad disfruta como si lo hubiera aprendido en los libros, un personaje que domina tanto como el francés o el inglés, y que disfruta tanto explorar como lo hace a diario con el alemán o intentó alguna vez con el hawaiano.

Hubo un momento de su vida donde Andrea sintió que su corazón latía entre dos tradiciones, la elegancia de la Cumbia y la precisión del Sanjuanero; de esta manera llegó al punto en Colombia donde nace el rio Magdalena y en el aire se funde el aroma a asado huilense.

En el Reinado Nacional del Bambuco experimentó el -feeling de la fama-, entre risas se permite hablar de sentirse a sí misma como una celebridad, miles de personas abalanzándose sobre ella y tener la necesidad de un guardaespaldas para sobrevivir al furor de las personas en el desfile de carrozas.

Pero detrás de los reinados se escondía una mujer que, desde su niñez había visto la vida detrás de un vidrio empañado. Comprendía cualquier tema con solo escuchar una breve explicación, pero había algo que hasta la adultez no logró entender, su propio yo.

Fue la ‘cerebrito’, la niña ‘rarita’ que prefería el silencio de la biblioteca antes que el caos, para ella incomprensible, del recreo. La clase de educación física era una ardua lucha contra su coordinación y la necesidad de establecer interacción social, factores que constantemente amenazaban con opacar su aparición en el cuadro de honor.  

Andrea habita el espectro del autismo, anteriormente conocido como asperger, un diagnóstico que ella misma costeó posterior a su graduación de la universidad, y uno que más que categorizarla, a ella le dio la clave para entender cada instante en el que había sentido que no encajaba. Ella no es exactamente un extraterrestre en un mundo de humanos, como siempre los demás la hicieron sentir, simplemente tiene un cerebro que decodifica la información de manera diferente.

Esa sed de horizontes, de continuar descubriendo y descubriéndose fue lo que la llevó hasta Perugia, Italia; tras ganar una beca para una maestría en Relaciones Internacionales. Un hito tan destacado para Andrea que entre palabras firmes y llenas de convicción compara con su triunfo en el Sirenato.

En Italia, las rutinas son otras, los horarios distintos, las expectativas más silenciosas. Los nuevos estímulos han hecho de este cambio un desafío mayor que llevar una corona sobre su cabeza.

Las palabras en italiano no le salen con la misma fluidez con la que levanta la falda de sanjuanero, aunque domina el idioma, nunca será su lengua madre. Con precisión, Andrea rebusca en su cerebro, pero los dialectos que su oído percibe está segura que nunca figuraron en su libro de texto, aquí como en cualquier coreografía hay espacio para tropezar y repetir, hasta que el movimiento logre encontrar su perfecto equilibrio.

La vida de Andrea ha sido una lucha incansable contra los estereotipos y ante el amargo descubrimiento que el mundo en ocasiones no logra ver que el brillo que tu mente puede llegar a irradiar es más fuerte que el de una corona.

Hoy, si tuviera de frente a esa niña que durante años se escondió por sentirse diferente, Andrea le diría que dejara la culpa a un lado, que ser ella misma no es un error, es su arma más poderosa, el camino que la ha llevado directo al éxito en cada aspecto de su vida.

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