Luis Miguel. Foto por Valeria Tovar

El niño que recogía nubes

Cuando Luis Miguel entra al salón de clases, los estudiantes se acomodan como si estuvieran a punto de ver una película. Él no levanta la voz ni golpea el escritorio para imponer silencio. Simplemente empieza a contar. Habla de imperios, de revoluciones, de pueblos que resistieron al tiempo. Sus manos grandes dibujan mapas invisibles en el aire y su risa, escandalosa y contagiosa, llena el aula. Nadie diría que ese profesor que narra la historia como si la hubiera vivido fue alguna vez un niño que caminaba descalzo por los campos de Sucre recogiendo algodón bajo un sol que no tenía piedad.

Por eso esta historia podría llamarse el niño que recogía nubes, porque para Luis Miguel el algodón nunca fue solo algodón. Eran pequeñas nubes caídas al suelo, motas blancas que parecían suaves pero pesaban más que su edad. Cada costal lleno era una jornada robada a la infancia, pero también la primera lección de resistencia. Mientras otros niños perseguían cometas en el cielo, él juntaba pedazos de cielo en un saco de fique.

Tenía once años cuando empezó a trabajar en la finca de don Libardo Benítez, el patrón de su madre Yadira, en San Pedro, Sucre. El día comenzaba antes de que el gallo rompiera la madrugada. Caminaba medio dormido, con las chanclas raspando el polvo del camino y el estómago conversando con el vacío.

El campo olía a tierra húmeda y sol caliente. Luis Miguel se inclinaba sobre las plantas como quien recoge migajas del cielo. El algodón se le pegaba al sudor, se le enredaba en el cabello crespo y se le metía por la nariz hasta instalarse en sus pensamientos.

—Yo quería seguir jugando —recuerda ahora—, pero tocaba trabajar.

En medio de los surcos inventaba carreras silenciosas con su hermano Efraín, que aprendió a ser padre sin haberlo pedido. Competían para ver quién llenaba primero el costal, como si la infancia fuera una liebre que no podían dejar escapar.

Pero el sol caía vertical y sin misericordia. Y el niño que recogía algodón bajo ese sol era también el niño que no podía entrar a la casa de su propio padre. Desde la calle miraba la vivienda de Olido Amell, agarrado a la reja caliente por el sol. Del otro lado estaba Nella, su madrastra, quien lo llamaba “bastardo” con la facilidad con que se arroja una piedra pequeña pero persistente. La palabra se le quedó pegada durante años, como una etiqueta invisible.

Tiene nueve hermanos y una familia que parece un mapa lleno de fronteras. En su casa no abundaban ni las monedas ni los abrazos. A veces corría con su hermano Eder detrás de la moto de su padre esperando que, entre el humo del motor, cayeran unas monedas redondas como lunas pequeñas.

El verdadero refugio estaba cruzando la calle, en la casa de su tía Anais la puerta siempre se abría completa. Allí Luis Miguel se convertía en “Luchito”, el niño al que le alborotaban el cabello mientras le hablaban del futuro.

—Algún día tú vas a salir adelante —le decía ella.

Y lo decía con una fe tan tranquila que parecía una profecía.

Cuando no recogía algodón hacía mandados en las casas de los ricos del pueblo a cambio de comida. Como no tenían televisión, la imaginación era el espectáculo principal. Jugaban al escondite, al tapón, a la coca y a un juego curioso llamado “el hijo perdido”. En ese juego, Luis Miguel siempre quería regresar.

De niño soñó con ser policía, bombero o astronauta. Quería salvar a alguien, apagar incendios o escapar hacia otro universo. No sabía que su verdadera misión sería distinta: encender pequeñas luces en la mente de otros.

La pedagogía llegó casi por accidente. Su hermana Carmen era profesora y su cuñado Michelle también. A veces lo sentaban a revisar exámenes o a ordenar notas. Y entre papeles y apellidos ajenos, Luis Miguel descubrió algo que cambiaría su destino: enseñar también era una forma de sembrar.

Años después llegó a Barranquilla con una maleta ligera y una nostalgia abundante. La ciudad le parecía un animal enorme que respiraba con prisa. Se matriculó en Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad del Atlántico. De día gastaba el cuerpo trabajando; de noche lo reconstruía entre cuadernos.

Oferne, un antiguo compañero, hijo de Buenavista, Sucre, lo recuerda así:

—Siempre llegaba cansado, pero cuando hablaba en clase parecía que se le olvidaba el sueño.

Tal vez porque hablar era su forma de resistir.

Después de graduarse como licenciado se casó con Katerine y juntos cruzaron el mapa hasta Cartagena. Allí nació Valentina, su única hija, como una semilla de esperanza sembrada frente al mar. Cuando la sostuvo por primera vez, sus manos grandes parecían no saber cómo sostener algo tan pequeño.

—Ese día sentí que todo el esfuerzo, toda esa sufridera había valido la pena.

Compraron su primera casa como quien levanta un refugio con ladrillos y terquedad. Él daba clases por un salario modesto; ella contaba números en un banco mientras ambos aprendían a estirar los sueños para que alcanzaran a fin de mes. La felicidad no era ostentosa: era una mesa servida con lo justo y el llanto de una niña anunciando que la vida empezaba otra vez.

Con el tiempo regresó a Barranquilla para enseñar en un colegio público. Pero mientras su vida profesional encontraba rumbo, el matrimonio empezó a agrietarse hasta que finalmente se rompió en divorcio, pero Luis Miguel tomó una decisión silenciosa: jamás sería un padre ausente.

Hoy, cuando entra al salón, sus estudiantes lo reciben con risas. Camina entre pupitres contando la historia como si hubiera estado allí.

—El profe Amell no solo explica —dice Carolina Olascoaga, una alumna—. Sus clases se sienten como estar dentro de lo que cuenta, y uno se mete en la película.

Durante la pandemia, cuando el mundo parecía haberse quedado en pausa, él decidió caminar en dirección contraria. Compró su primera casa estando soltero, hizo una especialización y luego una maestría en educación, como quien enciende luz mientras todo alrededor se oscurece, dice que cada logro fue una victoria contra el cansancio.

A veces, mientras explica una revolución o una guerra antigua, mira sus manos en silencio. Dice que todavía siente allí el peso de las motas blancas que recogía de niño, y no es suciedad, es su memoria latiendo en la piel. Porque Luis Miguel fue el niño que recogía nubes del suelo bajo el sol de San Pedro. Y hoy, desde un salón de clases, se dedica a algo parecido: enseñar a otros a mirar el cielo completo.

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