
Perfil periodístico de Carmen Flórez de Márquez. Escrito por Salma Baldovino
El reloj marca las 4:30 de la mañana y el silencio es lo más predominante en las tinieblas de su hogar. Mientras el resto de Barranquilla aún duerme, Carmen Flórez de Márquez ya está de pie –vistiendo su bata blanca y con el cabello recogido– rindiéndole culto al todopoderoso. No se escucha aún el sonido de las aves, solo el susurro de sus oraciones y el pasar de las páginas de una Biblia que, según ella, es el espejo donde ve reflejada su propia existencia. En ese rincón de meditación, Carmen se siente “propia”, habitando un espacio de paz que construyó ladrillo a ladrillo, dejando atrás viejos tiempos en los que su hogar no era un refugio de silencio sino la cuna del trabajo y comercio.
A sus 70 años, la jubilación no ha significado quietud, sino una nueva forma de entrega. Al abrir su agenda, el calendario no muestra espacios vacíos; está rebosado por anotaciones detalladas y recordatorios de citas médicas para Robinson, su esposo, a quien acompaña a los hospitales con la misma diligencia con la que antes recorría los laboratorios de biología. Sin embargo, dentro de su dinámica entre los compromisos del hogar y el hospital hay una cita que no negocia: su encuentro diario en la parroquia. Este acercamiento, se convierte en el combustible que alimenta su fe y le permite ahondar en esa paz que luego transmite a los suyos.
Quienes la conocen de cerca –sus hermanos, sus hijos y sus amigos más íntimos– coinciden en que es una mujer “sabia” y “bondadosa”, una figura de “moral definida” que parece reunir todas las virtudes en un solo cuerpo; pero por encima de todo “muy católica” y “amante a Dios”.
No obstante, para entender la fuerza y el carácter que la ha forjado, es necesario viajar al pasado. Carmen Flórez no nació en una casa con muebles para sacudir o pisos que “trapear”; nació en un negocio; en el sector de Barranquillita, rodeada de sacos de maíz, gallinas inquietas y el ajetreo de unos padres entregados al comercio. Allí, el aroma que perfumaba sus mañanas era el del grano seco y el aceite hirviendo de los “fritos” que su madre preparaba cada mañana con la disciplina de alguien que fue criada por unos turcos.
A los diez años, sus pequeñas manos ya conocían el peso de la responsabilidad. Antes de que el sol terminara de salir, ella y su hermano “el Niño” ya habían repartido los pedidos que les encargaban. Pero eso no terminaba ahí, se llevaba provisión extra para repartir a sus compañeros y poder llevar dinero que aportar a su casa. Fue un “trabajito grande” que representó una certeza: el hambre es un motor, pero el estudio es la única salida.
–Yo sabía que mis padres no tenían condiciones– susurra, como si aquel secreto de infancia todavía pesara. –Pero eso no fue un obstáculo. Sabía que tenía que ser alguien en la vida; por eso mi mente siempre estuvo más allá–.
Ese “más allá” le exigió sacrificios que ella asumió con la naturalidad de alguien que sabe que nada cae el cielo. A los catorce años, se mudó a casa de su hermana Isabel para alcanzar su anhelo de formación escolar. Carmen, pequeña de estatura, pero gigante de voluntad, subida sobre una “cajita de gaseosa” para poder alcanzar la tabla de planchar o el lavaloza. Lavaba y planchaba ropa ajena a cambio de la comida y los pasajes para ir a la Normal Distrital.
Al culminar el bachillerato, su vocación iba encaminada a la medicina, aunque la vida trazó un mapa distinto y terminó licenciándose en Biología en la Universidad del Atlántico. Al principio, ese cambio de rumbo le costó, pero al pasar el tiempo dejó de verlo como una imposición y empezó a asumirlo como su destino. Tanto que se convirtió en esa docente que sus estudiantes evocan con gratitud: esa mujer “exigente” pero profundamente “empática”. Y es que para ella el éxito de su carrera no se midió en el cumplimiento de los programas, sino en los mensajes de aquellos estudiantes que, años después y desde otros países le dicen: “Seño, esto se lo debo a usted”.
Hoy, en la etapa de su jubilación, Carmen se define como una mujer “todavía inquieta”. Su tiempo no se detiene; se reparte entre las reuniones con sus antiguos colegas, la vida familiar y su incansable entrega espiritual. En su hogar, la dinámica es de “cooperativismo”: un espacio de ayuda mutua donde conviven con la misma calidez su esposo, sus hijos Marilyn, Robin y Libardo –a quien ella escogió como hijo propio con el mismo amor biológico–, y una joven, Yendrys, que es parte integral de la familia desde hace seis años.
Al recordar su etapa de crianza, Carmen reconoce haber sido una madre “direccional” y exigente, aunque sostiene que siempre fue un ejercicio de amor y responsabilidad. Sin embargo, admite con humildad que sus hijos —especialmente Marilyn— fueron sus mejores maestros al enseñarle la flexibilidad que ella desconocía. Esa transformación es evidente hoy con sus nietas, a quienes define como su fuente de “amor y protección”. —Uno se vuelve más “sinvergüenza” con las nietas; las protege más que a sus propios hijos —dice emocionada.
En ellas, Carmen ve el fruto de su legado: el respeto y la cultura del trabajo que sembró, y la humildad que ellos le devolvieron. Para ella, su historia no tiene reproches, sino la cosecha de una vida donde cada etapa fue necesaria. Al mirar atrás, desde sus orígenes en Barranquillita hasta su presente, Carmen conserva una sabiduría ganada en la batalla y una certeza inamovible: “muchas veces las tristezas son fortalezas”.