La Mujer que floreció en invierno

Por: Nathalia Marquez Meza

Quien la vea balancearse en la mecedora de su sala un sábado en la tarde con su actitud despreocupada, blusa negra y pantalón holgado, mientras descansa de sus quehaceres, difícilmente imaginaría las batallas que ha atravesado. El piso brilla como si en ese reflejo pudiera verse entera: esposa, madre, docente, sobreviviente. En la semana, el tiempo se le va entre cuadernos de primaria y su entrega a la Iglesia católica. Su esposo se acerca, acompañado por el viento de Alameda del Río que se cuela por la ventana, y le pregunta si ya terminó. Quiere hablarle del matrimonio de su primer hijo.

Tal vez por tener tan presente esta boda, María Cristina y Albeiro recuerdan inevitablemente la suya, celebrada hace treinta años en medio de una calle del barrio Simón Bolívar, cuando ambos tenían veinte años, en 1996. Sin embargo, esta historia no comenzó allí, sino mucho antes, cuando María Cristina era apenas una niña y descubrió, en la escuela y en la iglesia, el rumbo que quería tomar en su vida.

En su niñez disfrutó la época escolar por sus amigos y por los conocimientos que adquirió, los cuales, mucho tiempo después, la sacaron de apuros y le dieron de comer a los niños. A los catorce años se unió a un grupo juvenil de la iglesia a la que asistía con sus padres y sus dos hermanas menores. En esa época, vivía más en la calle que en su casa; por eso siempre le daba “cantaleta” su mamá.

Se graduó del colegio a los quince años y comenzó en la Corporación Instituto de Artes y Ciencias a estudiar análisis y programación de computadores. Allí tuvo su primera aproximación a la docencia y conoció a Albeiro. Las interacciones entre maestra y estudiante se transformaron en algo más y surgió el amor tal como una canción que no esperabas escuchar, pero te alegra el día. Con el tiempo, la llama que latía en ambos se encendía con más fuerzas. Así que, para entregar las llaves del alma y el cuerpo al otro y fusionar su existencia, después de diez meses de noviazgo decidieron entregarse a la promesa de que su amor sería hasta que la muerte los separara así como “Dios manda”.

Treinta años después, María Cristina y Albeiro han construido una vida juntos llena de alegrías, pero también de obstáculos. Al principio vivieron en Simón Bolívar, junto a los padres de ella. Año y medio después de casarse nació su primer hijo, quien se estiró en el vientre de su madre y rompió la fuente a los siete meses de gestación, un viernes de guacherna.

A los veintitrés años tuvo a su segunda hija y, tres años después, supo que esperaban gemelas. Por esa razón suspendió sus estudios de licenciatura en matemáticas en la Universidad del Atlántico. Lo primero que hizo al enterarse fue orar, pues tenía miedo de que salieran siamesas. En esos meses, su situación económica le asustaba, pues no tenían un empleo formal.

—Necesitamos un trabajo de verdad —decía Albeiro, cuando terminaba la jornada.
—Tenemos el kiosco escolar. Con eso nos alcanza —respondía ella, aferrándose a la idea  de que Dios envía a cada niño con su pan debajo del brazo, tal como se lo decía una amiga.

Diez años después, María Cristina seguía construyendo su carrera como docente de matemáticas. En 2009 obtuvo empleo en el colegio Santa María de la Providencia y sentía que la felicidad la había alcanzado; sin embargo, la vida tenía otros planes para ella. En 2013 tuvieron que retirarle la matriz. Ahí descubrieron que padecía cáncer, el cual se había extendido hasta los ganglios. El diagnóstico cambió el rumbo de los siguientes meses. Se sometió a quimioterapias y radioterapias para tratar el cáncer de endocérvix y de útero.

Verla era como contemplar un árbol en otoño preparándose para el invierno.  Nunca se incapacitó de su trabajo. No habló de dolor. Aprendió a hacerse turbantes y comenzó a maquillarse aún más, como si cada trazo fuera una afirmación de vida. Con el apoyo de su familia, del colegio y de la Parroquia Nuestra Señora de las Gracias de Torcoroma, después de cinco meses llegó la primavera: el cabello le creció más abundante y fuerte, al igual que sus ganas de seguir adelante por los suyos.

En 2024, debido a la falta de empleo, decidió viajar a Polonia junto a su esposo, su hermana y su segunda hija. Entre trabajo, risas y viajes a Ámsterdam, Madrid y Frankfurt, sintieron que soñaban despiertos. Hasta que un balde de agua helada interrumpió la ilusión: con apenas cuarenta y tres años, su hermana menor sufrió de un infarto. A la fría Polonia llegaron cuatro personas; regresaron tres. El clima cambió de continente, pero el verdadero invierno viajó con ellos de regreso a casa.

El viento vuelve a colarse por la ventana, le mueve el cabello, sonríe y piensa en noviembre, cuando escuche el “sí, acepto” de su hijo, aunque por esto, deba aplazar su regreso a Polonia. ste año  seguirá su vocación por enseñar, esta vez, de la mano del Estado en el Colegio Distrital Marie Poussepin.

La mecedora se detiene. Se pone de pie y camina hasta el espejo para arreglarse antes de la misa del sábado. En el reflejo no encuentra a la mujer que perdió, enfermó o emigró; encuentra a la mujer que floreció en invierno, la que aprendió que las tormentas no anuncian el final, sino la llegada inevitable de la luz. “Sea lo que sea que venga, de la mano de Dios y de mi familia podré enfrentarlo, así como lo he hecho hasta ahora”.

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