
Por: Valentina Diaz
A las tres de la mañana, cuando la ciudad todavía duerme y las calles permanecen en silencio, Dionicia Cañate Padilla ya se encuentra despierta y se prepara para iniciar a rallar el coco para sus cocadas, lo hace de manera eficaz y con la agilidad que solo consigue quien lleva realizando ese trabajo por casi sesenta años. Mientras la gran parte de la ciudad sigue descansando, ella adelanta la jornada que más tarde llenará de sabor las calles que recorre cada domingo.
Dionicia nació en Cartagena, pero fue en San Basilio de Palenque donde aprendió a sostenerse por sí misma; a sus nueve años llegó un golpe que marcó su vida, la muerte de su madre, que la obligó a dejar atrás su infancia y reemplazarla por responsabilidades que no le correspondían a su edad. Eran once hermanos y su padre no podía con todo a la vez, por lo que tuvo que dejar de lado sus estudios y asumir el cuidado de su hermana recién nacida, mientras que a la vez aprendía a enfrentar un mundo que le exigía madurar antes de tiempo.
No logró seguir estudiando pero le agradece cada día a su Dios por permitirle aprender a trabajar, en su voz no hay reclamos ni lamentos, pero si la serenidad y confianza de saber que hizo lo mejor para su familia. Con su hermana pequeña en brazos empezó a recorrer las calles vendiendo frutas, ñame y yuca; la necesidad y las calles se convirtieron en una escuela para ella, donde poco a poco logró aprender cocadas, bollos, fritos, pasteles, entre otras cosas que le permitieran aportar algo a la casa y sobrevivir.
Durante años caminó por pueblos como Sincerín, Gambote y Turbaco, antes de tomar una decisión que cambiaría su destino, viajar a Barranquilla en 1977. A la ciudad llegó sin certezas, pero con la convicción de encontrar un trabajo pronto, contaba con el apoyo de una tía que le brindó hospedaje pero ella tenía claro que no quería convertirse en una carga para el hogar. Su primer empleo lo consiguió en una casa de familia, pero el tiempo se encargó de llevarla de regreso al oficio que mejor conocía, la venta informal.
En la Arenosa descubrió que “si uno se queda quieto, se tuye”, es por eso que a sus 67 años sigue realizando su recorrido todos los domingos, lo empieza desde la carrera 14 con 60 antes del mediodía, soportando el sol caliente y el peso de su ponchera llega hasta la calle 30 y luego emprende el mismo camino, hasta terminar donde empezó antes de que el sol se esconda. No considera la idea de un puesto fijo, ella prefiere el oficio de caminar, recorrer la ciudad y atraer a los clientes con el llamado que ya muchos reconocen.
Crió cinco hijos y sostuvo a su familia gracias a la venta de cocadas, aunque debía pagar para que alguien pudiera cuidarlos, pues su trabajo no le permitía tomarse mucho tiempo de descanso. Siempre soñó con que sus hijos tomaran un camino diferente, uno que no implicara el desgaste físico que trae consigo la venta informal. Con el paso del tiempo, su esfuerzo rindió frutos y hoy ellos han logrado encontrar trabajos estables con grandes empresas.
A través de su oficio en las calles ha sido testigo de cómo ha cambiado la ciudad con el paso del tiempo . Recuerda una Barranquilla donde las personas se sentaban en las puertas de su casa y los niños jugaban libremente en las calles, pero con los años ese ambiente fue desapareciendo y la inseguridad empezó a hacer parte de la cotidianidad de la ciudad. Aún así, ella sigue saliendo a vender con la misma confianza de siempre y aferrada plenamente a su fe.
En su negocio no existen intermediarios, ella misma compra sus ingredientes, encargándose de escoger la mejor calidad, maneja la cocina a su manera y vende por cuenta. Sus clientes saben reconocer sus cocadas de las de otras vendedoras, pues la de ella son grandes, suaves y conservan la frescura del sabor hecho en casa. Solo quienes las prueban perciben que fueron preparadas pocas horas antes y reconocen en ellas el esfuerzo de una rutina atareada.
Hay veces en que sus clientes deben esperar unas semanas en el año para volver a probar la comida de Dionicia, ya que se toma unos pequeños descansos, de una semana o dos, para que su cuerpo logre recuperarse para volver a aguantar toda la rutina. Caminar sigue siendo su manera de mantenerse bien con su salud y a la vez conectar con las personas que prueban sus cocadas.
En su vida ha aprendido a medir el tiempo de una nueva forma, sin calendarios ni relojes, pero sí con rutas, temporadas y el cansancio de su cuerpo. Cada una de las jornadas para vender sus cocadas empiezan mucho antes de que la ciudad se active, y terminan cuando el sol ya empieza a bajar y su ponchera se vuelve más ligera. No se siente avergonzada de su oficio porque este le ha permitido ganarse la vida durante más de 58 años y se ha convertido en una parte importante de su identidad que la define más que cualquier título.
Con el paso de los años, Dionicia se ha convertido en una figura fácil de reconocer en las calles que recorre cada domingo. Su voz anunciando sus productos, y el aroma a coco recién preparado forman parte de una rutina que muchos clientes esperan con ansias. Ella disfruta cargar su ponchera, caminar las mismas rutas y repetir el oficio que conoce a la perfección, pues lo aprendió desde muy joven; convencida de que el trabajo y su fe han sido las herramientas que le han permitido sostener su vida durante décadas.