Entre el mar y el tiempo

Bajo el calor denso del Caribe colombiano, el viento atrapado por las montañas aledañas, el turismo y el comercio, el tiempo se detiene. Mientras observamos el panorama, es imposible no respirar el olor a la sal del mar, y la emoción colectiva por conocer todo lo que Santa Marta tiene para nosotros.

Santa Marta, la ciudad más antigua de Colombia, conserva en sus calles una herencia cultural caribeña e indígena que ha perdurado en el tiempo. La catedral y el Museo del Oro reflejan esa historia que sigue viva entre sus muros. Mientras caminábamos, entendí que un acto simple —como contemplar la puesta de sol en el Parque de los Novios— podía hacernos sentir en otra época. Aquel martes de Semana Santa, mis amigos y yo decidimos olvidarnos por un día de Barranquilla para adentrarnos en esta ciudad ancestral.

Llegamos a la ciudad a las 9 de la mañana, nos bajamos del bus en la terminal de transporte y lo primero que recibimos fue un golpe de calor que recorrió nuestros cuerpos. Tomamos un taxi con destino hacia El Rodadero, la zona más turística de la ciudad; sin embargo, esto no siempre fue así, hace muchos años en este lugar, el mar solo convivía con los pescadores y los habitantes de la zona, quienes lo llamaron de tal manera, debido a una gran duna de arena ubicada en el cerro contiguo, que servía como ‘tobogán’ hacía el mar. Su desarrollo comenzó en los años 50´s con la construcción de una carretera que conectó el centro de Santa Marta con la bahía. Posteriormente en los 70´s y 80´s comenzó el proceso de ampliación de la playa con el uso de arena del fondo del mar, la construcción de edificios y nuevos hoteles.

El vehículo no tenía aire acondicionado, pero en lugar de molestarnos, nos permitió sentir la brisa característica de Santa Marta y refrescarnos un poco. El panorama de la playa del rodadero era pintoresco y atractivo, había grupos de personas por todos lados y cada uno de ellos tenían parlantes pequeños que reproducían una variedad de ritmos musicales folclóricos, como la salsa, el vallenato, la champeta africana o el reggae.

No solamente había turistas, sino también vendedores informales de ‘mecatos’, carpas y sillas, entre esos el señor Luis Alberto Camargo, hombre de piel morena por el sol, rasgos indígenas marcados, ojos marrones y rasgados que transmitían calidez. Está en ese negocio desde hace 15 años, nos ofreció el servicio de alquiler de sillas con una sonrisa y una actitud amigable. –Siempre estaremos esperando a los turistas.- Manifestó mientras nos pidió con la mano en el corazón mantener la playa limpia así como ellos, que cuidan y tratan de – entregar todo por la playa.-  Alquilamos las sillas y nos sentamos debajo de una palmera para escondernos un rato de los rayos del sol.

Dejamos nuestras cosas en las sillas, bajo el cuidado de la madre de nuestra amiga Salma para así caminar por la playa. Jairo el hombre estoico del grupo se unió a la tendencia musical que se tomaba la playa y comenzó a escuchar música en su propio parlante. Encontramos a una mujer chilena, su nombre es Maria Paula, quien se notaba que llevaba varios días de vacaciones, pues su piel blanca estaba bronceada. Mientras una mujer afrodescendiente le untaba aceite y hacía masajes relajantes en la espalda.

Nos sentamos con ella un rato, mientras le contaba a nuestra curiosa amiga Isabella, lo enamorada que estaba de las playas con agua cristalina de Santa Marta, especialmente el parque natural Tayrona símbolo de la biodiversidad y el patrimonio cultural. Fue hogar de la civilización Tairona y actualmente sus descendientes Kogui, Arhuaco, Wiwa y Kankuamo, lo protegen de forma activa y aún lo consideran el centro del mundo.

  • La parte antigua de la ciudad es muy bonita, la catedral, las calles, eso no lo hay en Chile. Las redes sociales no le hacen justicia. – Nos contó la mujer chilena con emoción.

Al acercarse el mediodía el calor se volvía aún más irritante. Así que, ese se convirtió en el momento perfecto para entrar al mar. El agua estaba agradable, las olas no eran fuertes y ahí dentro el sol parecía no quemar. Como es común, en las playas alquilan lanchas, jet ski, kayaks, entre otros. A Marypaz le pareció bien subirnos a los kayaks. Esto se convirtió en mi momento favorito del paseo, la vista a mi alrededor, la tranquilidad que respiraba y las risas, me hicieron sentir plena.

Los gruñidos de nuestros estómagos nos interrumpieron pues ya era la hora de almorzar. Al salir del agua vimos que un vendedor ofrecía almuerzos por un valor de $15.000, incluía mojarra, arroz de coco, patacones, ensalada y  ‘agua e’panela ‘.

No esperábamos encontrar comida de buena calidad, a un precio tan económico.

Después de comer, fuimos a conocer el emblemático museo del oro tayrona. Nuestra primera impresión fue que tiene un estilo rústico contemporáneo que combina con la historia que lleva, pues en la época colonial fue el edificio de la aduana, tribunal y hasta cárcel. Actualmente por cada salón había guías que mostraban a Santa Marta no como un lugar turístico, sino como un lugar histórico para Colombia que carga una gran herencia índigena y también española.

Mientras explorábamos los pasillos del museo, fue imposible no quedarse absorto por el brillo y belleza de ese pequeño hombrecito bañado en oro. Llevaba un tocado de alas y una imponente expresión que reflejaba autoridad. La guía nos explicó que esta pieza de orfebrería se trata de un antiguo pectoral que se remontaba al período tairona. Representa una figura de hombre-murciélago, buscaban a través del uso de estos elementos la transformación de su cuerpo para asemejarse a ciertos animales, simbolizando el contacto con el mundo espiritual y el estatus de líder. Fue elaborado mediante la técnica de la cera perdida, que consistía en tallar la figura con cera de abeja, cubrirla luego con varias capas de arcilla y carbón, y finalmente, verter a través de un orificio una aleación de el oro y el cobre llamada Tumbaga. 

Al salir del museo, caminamos por la bahía y llegamos al centro histórico de Santa Marta en donde había muchas tiendas que vendían accesorios que combinan con Santa Marta. Mientras nos dirigiamos al parque de los novios pudimos observar la arquitectura antigua y lo cuidada que está esa parte de la ciudad. Las calles pintadas, las casas coloniales, folclóricas y tropicales, si viviera ahí saldría a caminar todos los días por el centro.

Llegamos al parque de los novios, vimos muchas parejas, jóvenes, adultos y ancianos que eran habitantes del sector, y me dijeron que su pasatiempo era ir allí siempre que fuera posible, por lo que Isabella me dijo:

  • Me siento dentro de un sueño. Todo es perfecto: las parejas, el clima, la canción de Juan Luis Guerra que está sonando. Además el poder vivir este momento con ustedes, lo hace mucho mejor. –

No pude estar más de acuerdo; era una lástima que el paseo llegará a su fin. Camino a la catedral, unos extranjeros ingleses resaltaron la calidez de la gente del Caribe y el contraste con su vida en Inglaterra, que describían como más fría y distante.

No había centros comerciales ni aplicaciones para pedir transporte. Los vendedores no aceptaban pagos electrónicos y los taxis seguían marcando el tiempo con un taxímetro. Por un momento, sentimos que no estábamos en el presente.

Finalmente, nuestro recorrido terminó en la Catedral Basílica, considerada la más antigua de Colombia, construida en época colonial para resistir ataques piratas y su clima costero, cuando Santa Marta era el puerto más importante del caribe. Su fachada es blanca y sobria que contrasta con su interior, donde el techo alto da paso a que el aire salado recorra el espacio con libertad. La catedral estaba sumida en silencio, habitada por fieles devotos dejando afuera el calor y ruido de la ciudad.

Con la ropa llena de arena, el cabello endurecido por la sal y lleno de ondas como el mar, las mejillas rojas y hombros ardiendo por el sol regresábamos en silencio, envueltos en el olor  a bloqueador que se había apoderado del bus. El cansancio apenas nos dejaba hablar:

Algunos se rindieron ante el sueño, otros apreciamos el anochecer por la ventana, mientras escuchábamos y tarareabámos las canciones de la radio.

Pero todos volvíamos a Barranquilla con algo más que recuerdos: la sensación de haber estado, aunque fuera por un instante, en otro tiempo.

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