San Jacinto, un pueblo que enamora

En el corazón de los Montes de María existe un lugar donde la cultura no solo se vive, sino que se respira. San Jacinto, Bolívar, no es simplemente un municipio: es un territorio tejido con historia, música y tradición. Quien llega, difícilmente se va sin llevarse algo más que recuerdos; se lleva un pedazo de identidad.

Llegar a San Jacinto se siente como comenzar a escuchar una historia incluso antes de que alguien la cuente, el calor te abraza desde el primer momento y el paisaje de hamacas de todos los colores y diseños te recibe desde la entrada. Las calles son vividas, llenas de un ambiente inigualable y cada casa está esperando contar su propia historia.

La historia de este pueblo se remonta a tiempos antiguos, mucho antes de la llegada de los españoles. En estas tierras habitaron los indígenas zenúes y malibúes, quienes dejaron una huella profunda en las costumbres actuales. Sin embargo, fue en 1776 cuando los españoles refundaron el territorio, reorganizando el espacio y obligando a los indígenas a desplazarse hacia las montañas. A pesar de estos cambios, las raíces ancestrales nunca desaparecieron, permanecen vivas en la música, la comida y en cada hilo que se teje en los hogares.

Caminar por San Jacinto es encontrarse con una economía que late al ritmo de las manos trabajadoras de su gente. Más del 70% de la población vive de la artesanía, especialmente del tejido de hamacas, mochilas y bolsos. Aquí, tejer no es solo un oficio: es una forma de vida. Como lo expresa una artesana del municipio, “tejer es tejer cultura, es tejer paz, es tejer identidad”. Cada casa parece un taller, cada familia una escuela, donde generaciones enteras han aprendido a transformar hilos en sustento. Anteriormente este arte era considerado exclusivo de las mujeres, ya que mientras ellas tejían y se encargaban de su hogar, los hombres salían a trabajar al campo. No obstante, después del conflicto armado que marcó profundamente a San Jacinto, esta tradición cambio, debido a la necesidad que tenían las familias de volver a empezar, los hombres aprendieron a tomar un hilo entre sus manos para tejer hamacas; que representan su resiliencia y su identidad.

El proceso de tejer no es inmediato. Cada hamaca tejida requiere de tiempo, paciencia y una precisión impecable. Cada hilo encuentra su lugar, siguiendo un patrón que no esta escrito pero que ha sido aprendido gracias al tiempo y la memoria. Poco a poco ese hilo se transforma en una pieza que no es solo para descansar. Hay que saber que detrás de cada nudo hay historia y sobretodo memoria.

Pero si hay algo que define a San Jacinto, es su música; las gaitas no son solo instrumentos: son el alma del pueblo. Con su sonido profundo y envolvente, cuentan historias que han viajado por el mundo entero, y aquellas canciones que se cantan junto a aquella melodía que parece recorrer tu cuerpo completamente, representan toda su cultura, permitiendo que su historia sea contada ante todos los que van en busca de conocer sus raíces, sus luchas y la esencia que aún permanece intacta en los sanjacinteros. No en vano, este municipio es considerado por muchos como “la universidad de la gaita”. Desde aquí el sonido que nace en la cotidianidad de las calles pudo llegar a lo más alto, y los Gaiteros de San Jacinto son la prueba de ello. Su álbum “Un Fuego de Sangre Pura” los llevo a pisar la ciudad de Los Angeles, California; donde ganaron el premio Grammy Latino en la categoría de mejor álbum folclórico.

Durante el Festival de Gaitas, celebrado en agosto, el pueblo se transforma, las calles se llenan de danzas, desfiles y ruedas de gaita que giran al ritmo de la tradición. Allí, tanto expertos como visitantes son atrapados por el folclore, que los lleva a reunirse en un círculo donde la música une generaciones y cruza fronteras. En estas ruedas de gaita, las mujeres bailan con velas en la mano, iluminando no solo el espacio, sino también la memoria colectiva. Antiguamente, estas velas servían incluso para tareas cotidianas como planchar la ropa, lo que demuestra cómo la cultura y la vida diaria siempre han estado entrelazadas en San Jacinto. Aquí, todo conecta, la música, la danza y la artesanía forman un solo tejido cultural.

Sin embargo, no todo ha sido fácil. El conflicto armado marcó profundamente a la región de los Montes de María, generando desplazamientos y transformaciones en las costumbres. A pesar de ello, los sanjacinteros han sabido resistir, adaptarse y sobre todo, preservar su identidad cultural. Hoy en día, luchan contra otro desafío, el olvido de las tradiciones en las nuevas generaciones influenciadas por la tecnología y la vida moderna. Muchos cuentan que los jóvenes ya no tienen el mismo entusiasmo de aprender aquellas cosas que impulsan a que la memoria de San Jacinto siga siendo preservada y no dejada para que caiga en un abismo del olvido. “Los jóvenes prefieren estar pegados a un celular, o simplemente tejer mochilas, ya que mientras hacen estas pueden seguir mirando su celular.” Expresó Damaris, una artesana que lleva más de 40 años en el arte de tejer.

San Jacinto es más que un destino, es una experiencia. Es un lugar donde cada sonido, cada tejido y cada historia tiene un significado. Como dicen sus propios habitantes, es un “pueblo que enamora”. Y quien lo visita, inevitablemente, queda atrapado entre sus notas de gaita y sus hilos de historia.

Quizás por eso, quien se va de San Jacinto no se lleva solo los recuerdos, sino una melodía que lo acompaña en todo momento. Una gaita que resuena en lo más profundo de su corazón y pensamientos, recordando así que hay lugares donde la cultura no se olvida, se escucha.

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