
Por: Mariana Casanova, Isabella Dede, Suheidy Ripoll, Sara Ruiz y Leiri Ortega.
A orillas del río Magdalena, en el corazón del departamento del Atlántico se extiende una tierra que lleva consigo el atributo de mujer, un lugar que busca a toda costa desafiar la prisa de la vida moderna, porque sabe que sus relatos más importantes emanan de siglos atrás.
Soledad, Atlántico no es solo la décimo octava economía más grande de Colombia, sino que guarda entre sus calles la receta de un embutido que marcó generaciones y la llegada del libertador que cambió el desarrollo de la historia en toda América del sur.
Eran las tres y media de la tarde de un martes cualquiera cuando llegamos a Soledad, sin duda, aquí el tiempo no avanza de la misma manera como lo hace en las grandes ciudades. El sol castiga el pavimento, pero no entorpecía el juego de los señores que justo al lado de la iglesia se entregaban al ritual de las cartas y el dominó, conviviendo de una manera que seguramente buscaba desafiar el ritmo laboral del segundo día de la semana.
Aunque el calor caribeño pesa, el flujo de la vida cotidiana de los soledeños intenta seguir su ritmo entre el ruido de los motocarros que se siente en cada esquina, y como no, si son el sustento diario de aproximadamente 9 mil familias en el municipio.
El Barro que se hizo Villa.
Para lograr entender a profundidad el alma de un soledeño, hay que excavar en sus cimientos, y descubrir la forma humilde y espontánea en la que comenzó el principal motor económico del departamento y el aliado en crecimiento de Barranquilla, porque es en este punto del mapa donde se encuentran ubicadas grandes empresas que le prestan sus servicios a la puerta de oro del país, como el Aeropuerto Internacional Ernesto Cortissoz, la central de abastos Granabastos, la terminal de transporte y la empresa de energía TEBSA.
El 8 de marzo no solo se conmemora a nivel internacional el día de la mujer, para Soledad, también es un día que merece ser recordado; porque si nos remontamos a 1598, en esta misma fecha, ocho indígenas bajo el mando de Antonio Moreno Estupiñán levantaron en estas tierras un bohío y porquerizas para criar cerdos. Durante décadas enteras, este lugar fue conocido de forma despectiva como “La porquera de San Antonio”, un asentamiento que avanzaba gracias a la fertilidad de sus suelos y la cercanía al río Magdalena.
En 1640, Melchor Caro fundó legalmente “La porquera de San Antonio”, pero no fue sino hasta 1744 que empezaron a escribirse las primeras letras de su reconocida devoción, con la inauguración de la “Parroquia de San Antonio de Padua”, actualmente el templo colonial más antiguo del departamento, el cual pudimos confirmar con mirada propia que continúa siendo el corazón espiritual que bombea de sentido a la comunidad.
Su fe se traduce en una costumbre sagrada para las familias del casco viejo -Ir todos los domingos a la Eucarística de 6 de la tarde- y cerrar la noche reafirmando el característico sabor de su rica gastronomía y -quedarse en la plaza central comiendo fritos, comiendo butifarra-.
Finalmente, como si el 8 de marzo todavía tenía que adquirir importancia, aquel pequeño caserío de cerdos recibió el titulo de “Villa de Soledad de Colombia” un 8 de marzo de 1813. Tal nombre no evoca aislamiento, sino el refugio que la Virgen de la Soledad ofreció a quienes buscaban libertad.
El Huésped del silencio y el Rugir de la historia.
Caminar por el casco viejo es recorrer en pocos pasos un punto importante de nuestra historia republicana, en ese recorrido llegamos a la Casa Museo Bolivariano, una estructura colonial completamente imponente, que en sus planos originales se categorizaba como una casa consistorial construida por Juan Visbal entre 1790 y 1810; un lugar de acogida que guarda un pedazo de orgullo soledeño.
Allí entre octubre y noviembre de 1830, Simón Bolívar buscó refugio en dos ocasiones entre estas paredes; el 4 de octubre del mismo año llegó el libertador por segunda vez, se encontraba enfermo, y en los pasillos de esta casona, declarada monumento nacional en 1970, escribió 23 cartas y el borrador de su testamento, todo esto antes de trasladarse a la ciudad de Santa Marta, donde se confirmó su deceso en la Quinta de San Pedro Alejandrino.
Sin duda alguna, los soledeños guardan este hito de su historia como un sello de identidad, porque su tierra fue uno de los últimos lugares que presenció el eco de la voz del héroe del continente.
Soledad, cuna de grandes artistas.
Hoy se habla de Soledad como el «Emporio Cultural del Caribe», pues aquella Porquera de San Antonio en la actualidad posee cinco patrimonios culturales, tres inmateriales y dos materiales.
La esencia de la música pisa fuerte y ha sido marcada por gigantes como Alci Acosta con sus boleros y Pacho Galán, quien con ingenió propio dio vida a un ritmo musical que combina la cumbia y el merengue, el merecumbé. Sin embargo, hay un nombre que está tatuado en los tambores de la Cumbia Soledeña, Efraín Mejía Donado.
Era el año 1877 cuando su tío-bisabuelo Desiderio Barceló hizo florecer a la histórica agrupación insignia del conjunto de flauta de millo, una de las practicas más raizales de la cumbia en Colombia. Que, a mitad de 1950 paso a ser dirigida por el gran Efraín, llevándola a una internacionalización que le dijo al mundo el ritmo que define la región. Bien está dicho en el municipio que -Soledad es cuna de grandes artistas-
La butifarra: Sabor, historia, carne y danza.
Definitivamente no te puedes ir de este mundo sin probar la butifarra con bollo de yuca, un manjar exclusivo de Soledad. Este embutido llegó con los españoles, directo desde Cataluña y fue adaptado por las manos locales, bajo la guía de su principal precursora Isabel Segunda Alvarino Suarez, quien le trasmitió la receta a futuras generaciones.
Mientras caminas entre las casas que aún mantienen la arquitectura colonial; ni muy lejos ni muy cerca, a unas cuadras de la plaza, te encontrarás con la llamada -Calle de las butifarras-, con variedad de locales, Nando Rojas, la Soledeña, Monsa; lugares que por más que innoven nunca olvidan buti tradicional, carne de res, carne de cerdo, pimienta molida picante y pimienta de olor.
Pero la butifarra no solo se come, también se baila, como la anuncia el característico lema del Festival de la Tradición Soledeña. La Danza de la Butifarra, creada por la maestra Doris Rodríguez, es una «danza de relación», aquí los bailarines representan la preparación, venta y el sabor de este icono, mezclando cumbia, merecumbé y puya con la declamación de décimas. Es una explosión folclórica que convierte un oficio diario en un acto de resistencia cultural.
La verdad detrás de la esencia de Soledad.
La Soledad actual enfrenta retos, una informalidad laboral del 59,7%, un bajo número de empresas grandes comparado con sus más de 695 mil habitantes y la amenaza de la expansión urbana sobre sus tierras.
Al final, este relato no es sobre la soledad del aislamiento, sino sobre la soledad del reencuentro. Es el lugar en el Atlántico donde el barro de «La Porquera» se mezcló con la tinta de las cartas de Bolívar y la pimienta de su embutido insignia, que convirtió a Soledad es ese rincón del Caribe donde, a pesar de los cambios del tiempo, las familias siguen volviendo a la plaza cada domingo, porque saben que mientras haya una butifarra que compartir y una cumbia de Efraín Mejía que bailar, el olvido nunca podrá reclamar su villa.