Malambo: La terca fragancia de la memoria

Por: Carlos Angulo, Linda Mendoza, Juliana Palacios, Valeria Tovar

La mañana en Malambo tarda en suceder, como si el tiempo se quedara pegado en la humedad. Lo ha hecho siempre, desde mucho antes de que existiera el primer reloj en el municipio, y lo sigue haciendo ahora con esa parsimonia cargada del bochorno que tienen todos los pueblos del Caribe cuando el sol ya ha decidido su destino para el día.

A las diez de la mañana, cuando el calor cae sobre los techos de zinc con el peso de una condena antigua, las calles comienzan a llenarse de un olor que no es el de las fábricas —aunque ese también está pegado al aire como una culpa que nadie quiere confesar— sino el del guandú pitando en alguna cocina, anunciando desde temprano el sancocho del mediodía; un olor espeso y terroso que viene caminando desde hace muchos años con las tradiciones y que ninguna industria ha logrado desterrar del todo, tal vez porque los olores —a diferencia de los hombres— conservan la soberbia de no querer rendirse.

Malambo existe desde antes de que los mapas tuvieran la humildad de reconocerla. Está enclavada en el departamento del Atlántico, a trece kilómetros al sur de Barranquilla, en esa franja de tierra caliente y húmeda donde el río Magdalena se derrama porque sabe que tiene toda la eternidad por delante. La carretera que une la costa con el interior del país la atraviesa sin detenerse. Hoy, sus cuarenta y tantos kilómetros cuadrados albergan más de ciento treinta mil habitantes  vive un proceso de visibilidad donde sus calles coloridas y su gente amable reafirman una identidad que se niega a ser borrada por el tiempo.

En la plaza Marcos Valencia, bajo una luz que parece suspendida en un ámbar eterno, apareció don José Serrano, un hombre de una estatura inverosímil, con una cabellera de ceniza que conserva el polvo de todas las sequías de la Costa y una piel curtida por un sol que terminó por adoptarlo. Aunque periodista de oficio, don José habla con la autoridad de los profetas antiguos; sus palabras son objetos sólidos que se pueden palpar, cargadas con el peso de cuarenta años de habitar un pueblo que se le mudó a vivir dentro de sus venas.

Con la sencillez de quien relata un milagro cotidiano, don José descorrió el velo de los Mokaná. Nos explicó que para ellos —los Marapapoa— la naturaleza era un organismo parlante que dictaba su propia gramática a través del agua, los árboles y el lodo. Don José, con una voz que conserva la resonancia profunda de las caracolas marinas, reveló que aquellos antiguos conocían los nombres secretos capaces de hacer retroceder la savia y leían la ciénaga como un misal de barro, donde cada grieta era una advertencia eterna – Ellos leían la tierra como uno lee un libro – , afirmó, devolviéndole al territorio su condición de página abierta.

Señaló entonces hacia Granabastos, ese enclave que la remembranza —ese registro invulnerable que prescinde de la tinta— persiste en nombrar Los Cuatro Caminos. – Por ahí pasaba todo -, sentenció como quien mira a través de la niebla de los siglos, indicando un punto donde los rumbos eran venas de un destino universal por donde transitaba incluso el viento de Galapa. Bajo el sol de plomo, su voz se tornó en un susurro de hojarasca para revelar el secreto que palpita bajo el asfalto: el cementerio indígena que aún respira en su sueño de barro. – Ahí están todavía… no se han ido” –  afirmó, y el aire se densificó con la gravitación de lo invisible, como si el silencio mismo se pusiera a escuchar desde las entrañas de la tierra.

Los Mokaná se desplazaron como el sosiego de los ríos que rectifican su curso, persiguiendo la laguna con esa fidelidad de náufrago que solo poseen los pueblos convencidos de que el agua es un útero. Se asentaron en La Popa y finalmente descendieron hasta aquí, donde el calor es más denso y la tierra más generosa.

El nombre de Malambo es un murmullo que se bifurca en la raigambre: es, por un lado, el eco inquebrantable del cacique Pedro Malambo, cuya esencia sobrevive a la estela de aquella carnicería de armaduras y olvido, y por otro, la herencia viva del árbol que bautiza este suelo, esa sombra vegetal que, mucho antes del metal, ya reclamaba su derecho a existir. Esta identidad, tejida con la savia del tronco y la estirpe del guerrero, encontró su cauce formal un 24 de abril de 1912, día en que el territorio dejó de ser solo un paraje de resistencia para erigirse como municipio, consolidando así un hogar que, bajo la protección de su árbol y el espíritu de su cacique, florece hoy como la prueba eterna de que la historia se arraiga.

En el museo Carlos Ángulo Valdés de Malambo, las artesanías indígenas suspiran con una elocuencia de piedra: vasijas y cráneos que son relojes de arena detenidos mil quinientos años antes de Cristo. Tres milenios de manos modelando la eternidad. – Aquí cualquiera que hundiera una pala en su patio tropezaba con una olla de barro -, explicaba don José desarmando el asombro, como si la tierra vez de custodiar secretos arcanos, solo guardara la costumbre de revelarlos. Estos vestigios son hoy el último rastro tangible de una cultura ancestral que ha ido cediendo su pulso ante el abrazo de las costumbres barranquilleras, asimilando su herencia en la vibrante transfiguración de la capital.

Esa complicidad con las profundidades fue el escudo del pueblo cuando los conquistadores pretendieron arrancarlos de su suelo con la ferocidad de quien desentierra una mala hierba en 1531. Para los Mokaná, el destierro de la ciénaga era una forma de morir por despojo del alma, pues alejarse del rumor del agua equivalía a quedar a la intemperie del espíritu. Fue entonces cuando emergió el pozo, un círculo de piedra con cuatro siglos de vigencia que, aunque erigido por un mandato real para domesticar la sed, terminó por convertirse en el útero de una estirpe nueva.

De sus profundidades abismales brotaron, por un sortilegio de humedad y milagro, las torres de la iglesia y los cimientos del primer acueducto, organizando la vida en calles y casas con la misma fuerza con la que el agua ejerce su imán secreto sobre los hombres. Aquel pozo era la raíz invencible que los invasores, cegados por el brillo del oro, nunca alcanzaron a ver; una resistencia mineral que hoy sobrevive en el giro de un molino de viento levantado por los vecinos, como quien enciende una llama frente a un altar para que la memoria no deje de dar vueltas, incluso cuando el viento parece haber olvidado la dirección del pueblo.

En Malambo, las historias de Marcos Valencia se relatan con la unción de un sacramento. Poseía una dignidad tan compacta que los dioses de hierro no supieron cómo doblegar. Se dice —y aquí el «se dice» es ley— que estuvo preso en unas casonas que aprendieron a beberse el llanto sin devolver el eco. Allí, entre muros que exhalaban derrota, Valencia eligió el fuego como su último lenguaje. Se prendió fuego a sí mismo en su celda, convirtiéndose en su propia pira antes de entregar su espíritu. Hoy, la plaza principal lleva su nombre como una deuda impagable; los niños corren sobre el pavimento caliente sin sospechar que caminan sobre las cenizas de un hombre que decidió arder para que la luz de su raza no se apagara jamás.

Al conversar con los ancianos de manos agrietadas, nos dimos cuenta de que antes la economía era un pacto místico con los elementos en un archipiélago de diez calles y siete carreras. Oficiaban la existencia entre la pesca, la ganadería y la alfarería, tres formas de decirle a la tierra que uno le pertenece hasta los huesos. La ciénaga era un corazón que bombeaba escamas a las cocinas, mientras las mujeres purificaban el agua con hojas de tuna y el aire olía a la sabiduría circular del casabe que rallaban con paciencia de alfareras. El casabe era alquimia y paciencia: un disco de sol capturado en el budare, donde la yuca se rendía ante el fuego para transmutarse en pan sagrado. Cada bocado crujiente era una resonancia de la tierra y un vínculo con los ancestros, convirtiendo el sustento diario en un círculo de historia que unía el hambre con la raíz.

Sin embargo, el destino trajo las fábricas con sus promesas de un porvenir de metal, y el humo industrial, denso y soberbio,  terminó por empañar el aliento ancestral. La ciénaga inició una retirada silenciosa y los pescadores terminaron reconvertidos en obreros de turno. Al escuchar a don José, se comprende que la nostalgia aquí es un inventario de milagros perdidos. Él recuerda cuando se iba a misa por instinto, y cómo la imagen de Santa María Magdalena, con su cabellera como un río oscuro de arrepentimiento, prefirió refugiarse en una casa familiar para no extraviarse en el tiempo oficial.

En ese Malambo de patios abiertos, el misterio todavía se reparte entre los solares con una naturalidad que no admite el asombro. En la Calle de la Albarrada, cuando la luna se queda prendida en las ramas como un disco de fósforo, el silencio se triza con el galope de un jinete decapitado que atraviesa la noche en busca de su cabeza, perdida en una apuesta de honor hace siglos. Mientras tanto, en la penumbra de los solares, los duendes de barro —espíritus diminutos con manos de alfarero— se dedican a trenzar las crines de las bestias y a extraviar las herramientas de los hombres con una malicia de niños milenarios, conviviendo con las familias como si fueran simplemente otra rama de la genealogía doméstica que aprendió a brotar directamente del polvo.

Hoy, observamos que esa alegría mística ha migrado a las discotecas y la música ha sufrido una metamorfosis de estruendo. Las noches ya no se miden por el crujido del cuero de los tambores de la cumbiamba, ese ritual de fuego que hablaba con los ancestros. Ese lirismo ha sido desplazado por la soberanía de los pickups, catedrales de neón que imponen su ley de trueno en las esquinas. La música ya nace de la entraña eléctrica de máquinas con nombres de guerreros que lanzan descargas capaces de hacer vibrar las vasijas prehistóricas bajo el suelo. Es una nueva magia: antes se bailaba para invocar dioses; ahora, bajo el hechizo de los parlantes que intentan, sin éxito, acallar el eco persistente de los tambores que laten bajo el asfalto.

Y así, mientras el sol de las seis de la tarde empieza a soltar su amarra sobre los tejados, Malambo se sumerge de nuevo en esa penumbra donde lo real y lo fantástico se confunden bajo el mismo vaho de la ciénaga. Porque en este rincón del mundo, donde el humo de las chimeneas industriales intenta en vano sofocar el aliento milenario de la tierra, la ancestralidad sigue ganando la batalla por un simple asunto de persistencia: al final de la jornada, cuando el fragor de los pickups da tregua y el silencio recupera su trono de barro, lo único que permanece inalterable es ese mismo olor espeso a casabe, a guandú y leña que flota en el aire como una bandera invicta. Es la prueba de que, a pesar del asfalto y el olvido, el corazón de Malambo sigue latiendo al ritmo de sus ollas y sus muertos, convencido de que, mientras el aroma de sus ancestros se resista a abandonar las calles, el tiempo no habrá pasado en vano y el pueblo, como los buenos olores, encontrará siempre la manera de no rendirse jamás — igual que don José Serrano, que esa tarde nos regaló sus historias con la serenidad con que los ríos cuentan sus propias orillas, y nos despedimos de él sin apuro, llevábamos cada uno la nueva cara de Malambo con esa resignación casi gozosa de quienes cargan un fardo que de tanto pesar termina por volverse liviano como un recuerdo. Él lo contemplaba todo a la distancia asistido por la certeza absoluta de que ninguna estirpe, por más condenada que estuviera al olvido, podría considerarse muerta mientras quedara en el mundo un solo par de oídos dispuestos a rescatarla de las cenizas.

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