
Por: Taliana Gutiérrez, María González, Salomé Petro
El viento en Tubará no solo recorre sus rústicas calles ni acaricia los árboles de los Alpes de Tubará, también susurra historias antiguas que producen escalofríos. Desde el primer momento, el municipio nos recibió con una mezcla de calma, cultura y una sensación extraña de estar pisando un territorio desconocido donde cada rincón tiene vida propia.
Al bajar esas rigurosas montañas, veíamos a lo lejos lo que parecía ser, la biblioteca, un espacio que, más allá de su fachada, guarda parte de la memoria del municipio. Al mismo tiempo, entendimos que Tubará no es solo un destino turístico, sino un lugar donde su historia implora no ser olvidada. Por otro lado, sus hogares olvidados demandan una mejor calidad de vida.
El recorrido siguió por la casa del Pensamiento Mokaná, un sitio cargado de simbolismo local, un espacio donde la cultura y el pasado murmura en cada rincón; es como si las paredes guardaran esperanza de ser “visibles ante el estado” dice con desilusión y mirada perdida Jennifer Sánchez, indígena Mokaná. Más adelante, nos encontramos en el cementerio municipal, donde el ambiente cambia por completo. A lo lejos, se extendía un largo camino lleno de incertidumbre y soledad, en el que, desde el principio, música escalofriante retumbaba a medida que nos adentrábamos en una siniestra casa en el medio del camino.
Sin embargo, Tubará no sólo se vive desde lo histórico, sino también desde lo natural. Al llegar a las Ramplas de Cultivo, más conocido como el Mirador, el paisaje se abrió ante nosotros como una pintura, “cogían una zona fresca para el bancoger” plantea con orgullo Alonso, maestro de obra. El verde de las montañas mezclado con la inmensidad del cielo y la brisa constante que parece no detenerse nunca. Más adelante, los Alpes de Tubará nos ofrecieron una experiencia aún más impactante, confirmando que este municipio tiene una riqueza natural que cautiva a cualquiera que lo visite.
En medio de estas versiones, la historia de este suceso en Tubará no se cuenta con una sola voz, sino que se divide en dos misteriosos relatos que se sumergen en la memoria del pueblo. La dichosa piedra anclada “usada como nuestro reloj cronológico que nos indicaba si estábamos pasados de medio día” respaldada por el dato del maestro de obra que intenta dar una explicación lógica, situando los hechos bajo la luz de la razón. En contraste, al cruzar la mirada a otros lares del pueblo Juan Meza, indígena Mokaná nos cuenta que fue un sitio con muchas hipótesis “se decía que sacrificaban a personas que cometían delitos acá en la comunidad” afirma con voz imponente. Es en este segundo relato donde lo inexplicable cobra fuerza, recordándonos que en Tubará la realidad guarda un secreto que solo se revela a quienes saben escuchar el viento de la montaña.
A través de dos entrevistas con integrantes de esta comunidad indígena, se abrió ante nosotros una puerta hacia un universo de saberes que no se aprenden en libros, sino en la voz viva de quienes los resguardan. Entre ellos, uno que nos llamó profundamente la atención: el mito del cacique Arán y la India Catalina. Este mito en Tubará no solo habla de amor o separación, sino que simboliza la pérdida cultural indígena y el inicio de una nueva etapa marcada por la conquista.
El recorrido nos permitió sumergirnos en la riqueza de la cocina Tubareña, donde los sabores y aromas actúan como un legado vivo del territorio. Desde el aroma del fogón de leña hasta el uso ancestral del maíz y la yuca, como esa vitrina en la esquina conocida como ´Donde Lucho´, no es sólo alimento, es la historia de Tubará el bollo de yuca o las carnes ahumadas se convierten en una extensión de la identidad cultural de Tubará.
A lo largo del día, entre conversaciones con sus habitantes, entendimos que Tubará no es solo un lugar para visitar, sino para sentir. Su gente nos permitió acercarnos a su cotidianidad y comprender que, más allá de sus paisajes, lo que realmente define a este municipio es su memoria de por vida.
Al final del recorrido, mientras el sol se funde con los cerros y el viento sigue dictando su propia historia, queda la certeza de que Tubará es mucho más que un punto en el mapa del Atlántico. Es un territorio donde el tiempo no corre, sino que se vincula entre el rastro indígena y aquí la memoria no es un archivo de olvidos, sino un latido vivo en la identidad de su gente.
Tubará no se guarda en la retina, se queda en la piel; porque hay lugares que se transitan, pero solo este se respira como una herencia que nunca termina de contarse.