
Por: Sherillin De armas y Andrea Quintero
Carnaval de Barranquilla, año tras año desfiles y carrozas; espuma, maicena, disfraces, música, danzas. La cultura viva enciende a una ciudad entera y hasta los lugares más lejanos de ella. Pero aquí retumba un grito en cada desfile; pensarás en el guepajé de la cumbia o en el coro de los negritos bemba colora’; pero también resuena, insistente, cansado y necesario: ¡A LA ORDEN, SILLA! ¡SILLA BARATA!
El grito de Paola atraviesa la Vía 40 como un tambor sin descanso. Desde la Guacherna hasta el entierro de Joselito, su voz no baila: resiste. No canta por alegría, canta por necesidad. Cada sílaba que lanza al aire carga la incertidumbre de vender o no vender, de volver a casa con algo para la comida y colegios o con las manos vacías y el pecho apretao’.
Para quienes solo disfrutan de esta fiesta, las sillas son solo eso: sillas. Muy caras, a veces. Un gasto incómodo entre la cerveza y la espuma. Pero para Paola, esas sillas son la diferencia entre avanzar o quedarse quieta; son cuadernos nuevos, uniformes, la matrícula de Andrés y David. Son futuro. Son dignidad.
Paola es, como tantas, madre cabeza de hogar. No por discurso, sino por realidad. Se rebusca en cada desfile, en cada esquina, en cada tramo de asfalto caliente. Las sillas no aparecen solas. Detrás hay meses de ahorro, préstamos con intereses que no perdonan, madrugadas contando billetes arrugaos y noches sin dormir pensando: “¿Y si no se venden?”
“Uno cree que esto es fácil porque es carnaval”, dice Paola, limpiándose la maicena y la espuma de la cara.
“Pero aquí uno se juega todo. Si se pierde una silla, la pierdo yo. Nadie me responde. Y esa silla no es plástica nada más… esa silla es comida”.
El carnaval no siempre huele a flores ni suena a tambor. A veces huele a rabia. A veces suena a pelea. Las sillas se pierden. Se las llevan. Se las cambian. Se arman discusiones en medio de la música, empujones disfrazados de fiesta, gritos que nadie escucha porque la banda suena más duro. Paola ha llorado en silencio, ha reclamado con voz temblorosa, ha aprendido a pararse firme, porque aquí, si te ven débil, te pasan por encima.
“Yo antes me quedaba callada”, confiesa. “Pero aprendí que el respeto se defiende. Esta es mi lucha. Aquí yo también tengo derecho”.
Mientras otros bailan, ella cuenta. Cuenta sillas. Cuenta personas. Cuenta el tiempo. Mientras otros celebran, ella vigila. Porque en un descuido se le va la ganancia del día, y con ella, el esfuerzo de todo un año.
Paola no sale en las fotos oficiales del carnaval. Nadie la entrevista. Nadie le agradece. Pero sin ella, sin los vendedores ambulantes, sin las manos que sostienen la fiesta desde abajo, el carnaval no se sienta. Literalmente.

Hay un empoderamiento silencioso en su historia. No el que se grita en tarima, sino el que se camina bajo el sol, el que se construye a punta de cansancio y esperanza.
“Yo no quiero que me regalen nada”, dice firme. “Yo quiero trabajar tranquila. Que me dejen vender, que no me roben, que no me traten como si estorbara”.
Y cuando cae la noche, cuando la música se apaga y la ciudad vuelve a respirar lento, Paola recoge lo que queda. A veces gana. A veces pierde. Pero siempre vuelve a intentarlo. Porque rendirse no está en su vocabulario, porque sus hijos la esperan, porque sabe que su voz, esa que grita ¡A la orden, silla! también es un acto de resistencia.
El carnaval se va, pero Paola se queda. Se queda con la realidad, con la lucha diaria, con el orgullo intacto. Y en medio de tanta fiesta, su historia nos recuerda algo incómodo pero necesario: el carnaval también se trabaja, y hay quienes lo sostienen sin máscara, sin aplausos, con el alma pela’ y el corazón firme.