VUELO TROPICAL, ALMA INQUEBRANTABLE

Crónica de una comparsa que aprendió a volar sobre la angustia

— Kevaraq, Carnaval de Barranquilla 2026 —

Nathalia Acosta, Sharik Galván y Natalia Madariaga

«La vida es un carnaval y las penas se van cantando.» — Celia Cruz

I. El peso del silencio antes de la música

Diciembre llegó a Barranquilla, pero los trajes aún no existían. En un taller de ensayo con las paredes marcadas de coreografías pasadas, Kevin Cueto miraba una hoja de presupuesto que no cuadraba. Llevaba doce años construyendo a Kevaraq —doce años de lentejuelas, de pasos aprendidos hasta el amanecer, de más de cinco Congos de Oro colgados como promesas cumplidas—, pero este 2026 la amenaza era más silenciosa que un jurado severo: era la plata que no llegaba.

La idea era grande. Esta vez Kevaraq le rendiría homenaje a Cuba y a Celia Cruz bajo el concepto de Vuelo Tropical: una puesta en escena donde los cuarenta y tantos integrantes de la comparsa encarnarían los colores, el sabor y la rebeldía de una isla que nunca ha dejado de bailar. Plumas tropicales, vestuarios estallando en fucsia, azul y blanco tornasol, y la voz de la Guarachera del Mundo retumbando desde un tráiler que todavía no tenían cómo pagar.

«Este año o volamos alto o no volamos», les dijo Kevin a sus bailarines en los últimos ensayos del pre-carnaval. Nadie preguntó qué pasaría si lo segundo. Todos sabían que, con él, la segunda opción no existía.

II. Las semanas que permanecen ocultas

El pre-carnaval es la parte del iceberg que permanece bajo el agua. Mientras Barranquilla ya empieza a oler a pólvora y guarapo, las comparsas de fantasía viven su momento más crudo: ensayos nocturnos, telas sin coser, músculos agotados y directores que no duermen.

Kevin Cueto es de los que gritan y exigen, repitiendo una secuencia hasta que el cuerpo la aprende de memoria. Pero también es de los que quedan después de la práctica, cuando el salón está vacío, para hablar con la bailarina que está a punto de rendirse, o con el muchacho que lleva tres ensayos desincronizados. Esa dualidad —el director implacable y el amigo incondicional— es lo que hace que quienes lo conocen digan, sin dudar, que sin Kevin no habría Kevaraq.

Pero en las semanas previas al carnaval 2026, ni el carisma de Kevin podía resolver lo más urgente: el dinero para los vestuarios seguía sin aparecer. Las reuniones con posibles

patrocinadores se multiplicaban mientras los plazos de los costureros se acortaban. Hubo noches en que Kevin regresaba a casa tarde, con los ojos cargados de números que no cerraban y la presión de cuarenta personas que confiaban en que él encontraría la salida.

«No les podía decir que no sabía cómo lo íbamos a hacer», confesaría después. «Porque si el director duda, todos dudan. Y nosotros no teníamos tiempo para dudar.»

III. El patrocinador que llegó cuando ya casi no había tiempo

Finalmente, llegó. Como llegan las cosas buenas en el Caribe: tarde, pero con todo lo necesario. El patrocinador apareció cuando los plazos estaban al límite y cuando más de uno ya había empezado a rezar en silencio. Con el acuerdo firmado, los costureros empezaron a trabajar contra el reloj y el tráiler —el que llevaría la música de Celia Cruz por el Cumbiódromo de la Vía 40— quedó confirmado.

El ensayo general fue una mezcla de caos y belleza. Los trajes aún no estaban completos, algunas piezas llegaban directo de las máquinas de coser al cuerpo de los bailarines. Pero el grupo entero sintió, por primera vez, lo que sería el show. Y lo que sería era grande.

Kevin miraba y en su cara convivían el alivio y la exigencia. «Bien, pero pueden más», decía. Siempre puede más. Esa es su fórmula.

IV. Lunes de Fantasía: el asfalto como escenario del mundo

El 16 de febrero de 2026, el Cumbiódromo de la Vía 40 se llenó de público desde horas antes del mediodía. Era el tercer día del Carnaval de Barranquilla —el Lunes de Fantasía—, el momento que las comparsas de alto formato esperan durante todo el año. El desfile más esperado, el más visual, el más competido.

Kevaraq llegó al punto de formación con el tráiler encendido, la música lista y los vestuarios brillando: Las plumas se alzaban por encima de las cabezas. Los accesorios relucían bajo el sol de febrero que cae sobre Barranquilla como si quisiera ser parte del show.

Cuando la voz de Celia Cruz explotó desde el tráiler —azúcar, decía el mundo entero que la conoce—, los cuarenta y tantos integrantes de Kevaraq comenzaron su recorrido. Y el público que llenaba las graderías de la Vía 40 respondió como responde Barranquilla cuando algo le llega al alma: con un grito largo, colectivo, indescriptible.

Kevin Cueto iba al lado de su comparsa. No adentro del show, sino a su costado, como quien cuida algo que sabe que es frágil y enorme al mismo tiempo. Miraba a sus bailarines con una mezcla de orgullo y concentración. Doce años se sintetizan en minutos cuando uno está en la Vía 40, y él lo sabe mejor que nadie.

V. El Congo de Oro y lo que pesa más que el trofeo

El Congo de Oro no es un galardón. También es una declaración de excelencia. Cuando el Carnaval de Barranquilla entrega su máximo reconocimiento, está diciendo que lo que vio en la pista cumplió con algo difícil de definir, pero fácil de sentir: la excelencia que nace de adentro, del compromiso con la tradición y con la propia búsqueda artística.

Kevaraq sabe lo que pesa ese trofeo. Lo ha cargado más de cinco veces. Y cada vez que lo gana, la comparsa tiene que enfrentarse a la pregunta más dura del arte: ¿cómo superar lo que ya fue brillante? La respuesta de Kevin siempre ha sido la misma: volviendo a empezar con más hambre.

Este año, el Vuelo Tropical no fue solo un show. Fue el resultado de semanas de insomnio, de negociaciones en el límite del tiempo, de bailarines que siguieron ensayando, aunque los vestuarios aún no existieran, de un director que aprendió —una vez más— que el carnaval no espera a nadie, pero premia a quienes no se rinden.

Lo que queda cuando la música para

Cuando el tráiler de Kevaraq salió del Cumbiódromo y la Vía 40 empezó a vaciarse de color, los bailarines se abrazaron con una mezcla de agotamiento y felicidad, emociones que solo entiende quien ha dado todo en una pista.

Kevin Cueto, con la camisa empapada y los ojos brillantes, reunió a su grupo por última vez. No dio un discurso largo. Solo dijo: «Hay kevaraq para rato.»

Y en esas cuatro palabras cabía todo: los meses de angustia, las noches sin dormir, las costuras de último minuto, la voz de Celia Cruz sobrevolando Barranquilla, el Congo de Oro anhelado, y doce años de una comparsa que, temporada tras temporada, elige no caer.

El carnaval termina. Kevaraq, no.

— Crónica basada en testimonios del integrante de Kevaraq

Carnaval de Barranquilla, febrero de 2026

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