La travesía del chuzo

Por:
Mariana Paola Galindo Castellar
Katherine Navarro Contreras

Pica, quema y hace sudar; esa es la sensación que transmite el sol barranquillero a pleno mediodía, cuando la ciudad arde y ni la sombra de un palo de ‘matarratón’ sirve de escondedero. Sin embargo, como si de masoquismo se tratase, esto no es razón de peso para que la ‘44’ deje de funcionar como una vía común y se convierta en una galería de colores a cielo abierto. El motivo: la gran Batalla de Flores, el desfile que inaugura las carnestolendas y en el que Barranquilla se permite ser exageradamente feliz.

 

Desde temprano, las calles están cerradas, colapsadas por comparsas, vendedores ambulantes, carrozas artesanales y una multitud tan extensa como el caudal del río Magdalena. El golpeteo de la tambora domina el ambiente, se mezcla con los gritos eufóricos del público y, al unísono, se escucha el típico: “¡Aquí suena!”, emitido por el Coreano Mayor o quizá por El Huracán, El Gran Lobo o hasta El Británico. Tantos ‘Pick Up’ sonando al mismo tiempo, intentando liderar con su programación musical, que ya da igual quien suene; lo que importa es gozar antes de que toque guardar luto por ‘Joselito Carnaval’. Pero por ahora, no habrá silencio en lo absoluto.

Entre la multitud, no falta aquel que no es costeño, pero insiste en hacer creer que la salsa corre por sus venas y que La Troja es como su segunda casa. Imita el acento y repite palabras sin mucha gracia ni mucho menos orden, jurando que la ‘vacila’. Pero, su ropa lo delata: nada de marimondas ni colores sinfín, solo un tono oscuro que permanece intacto. No hay manchas blancas que deje saber que una guerra de espuma acaba de vencer. En su cuerpo solo hay ‘sangre azul’ y su paladar acostumbrado a la Changua, aún no entiende a qué sabe este carnaval.

El ‘rolo’ no nació para el sol, ni para un calor inclemente que lo hace sentirse penitente. Intenta ejercer el difícil oficio propio del barranquillero en carnaval. Caminar en medio de la multitud, esquivar hombros, y soportar empujones que vienen sin una mala intención; pero también sin aviso. En su recorrido su visión es casi nula, porque por sus ojos solo ve pasar un polvo blanco y una ráfaga de líquido espumoso al que no le encuentra origen, aunque el punto de llegada siempre sea él.

En medio del caos, el cachaco recuerda que lleva horas de pie, que el sol le ha pegado duro y que su piel ‘amarilla’ ahora es ‘rojiza’; su estómago empieza a producir rugidos, alegando que necesita comer. Aunque es mediodía, madrugó porque el consejo fue: “A la batalla de flores se llega temprano, si no te quedas sin silla”. Su misión es apaciguar su hambre y, aunque solo puede escoger entre la carne de caballo o la de perro -como bautiza el barranquillero al chuzo carnavalero-, lo único que le importa es engañar su estómago para seguir tomándose las ‘frías’.

Para ese momento, un grupo de parranderos ya habían dejado su huella en los zapatos del ‘cacha’ -como se llama coloquialmente en Barranquilla a quien no nació en la costa-. Los tenis, ya no eran blancos, ahora eran grises, cubiertos de polvo y pisones; la ‘tirada de pata’ le había dado la bienvenida oficial a sus cuatro días de felicidad.

 

Por un momento, se detiene, no porque la música haya cesado, sino porque el hambre se vuelve más fuerte que el sonido del millo que acompañan las comparsas. Mira a su alrededor buscando una señal distinta a los colores y al movimiento. A su derecha, sobre un bordillo se ven botellas de Águila, Corona, Costeñita y unas cuantas más, como si se tratara de una personalidad distinta en cada cerveza. A su izquierda, una comparsa que avanza ocupando toda la calle, sobre la que circulan hacedores en lugar de buses. Pero, falta algo: el ‘chuzito’ con carne de dudosa procedencia del que tanto le hablaron.

Mientras el suelo está cubierto de papeles brillantes lanzados por las carrozas, el desfile avanza imparable, y el espectáculo continúa. El cachaco camina con otro objetivo. Los artistas y las comparsas ya no son su atención; ahora busca humo, un olor, o cualquier señal que calme su fatiga y sacie su hambre, porque la Batalla de Flores es solo el inicio de un largo día de baile y ‘bembé’.

De repente, una columna de humo se esparce. No es ligera como la pólvora ni dispersa como la espuma; es más densa, más firme. Es provocada por el vaivén de un pedazo de cartón que enciende el carbón. El vendedor de los chuzos usa esa técnica empírica para que su típico pasaboca carnavalero tenga sazón. Sintiendo un olor que marca sus pasos, el ‘Rolito’ empieza a caminar con prisa, convencido de que llegará al punto exacto donde se encuentra el ‘puestico’ de chuzos. Pero, no ve nada, solo gente celebrando. Piensa que se equivocó o, tal vez, el desespero de un ambiente que creía dominar lo hizo alucinar.

Pareciera que el carnaval de Barranquilla paraliza tantas cosas que hasta comer se convierte en una travesía. El hombre que se creía costeño se detiene, respira y se voltea. Antes de que el último trago de amarillo que se había tomado le quemara las tripas, justo detrás de él, como escondido detrás de cuerpos que se empujan sin cesar, encuentra el anhelado puesto de chuzos.

El carbón arde con intensidad, la grasa cae produciendo un sonido y un olor que lo hacen deleitar; la tártara y el tomate figuran como las salsas predilectas y son vertidas sobre el chuzo con un máximo cuidado. La tarea es no esparcir más de una delgada línea, pero siendo suficiente para amenizar el sabor de una carne que mejor ni te preguntes de dónde viene.

Esta compra es rápida; un billete sudado y arrugado pasa de mano en mano. No hay discurso, no hay ceremonia, solo necesidad, señas y una respuesta. La primera mordida cambia todo. El sabor a humo y carne, saben mejor cuando se baja con una fría y con la necesidad de apresurarte para no perderte más del desfile que continúa, intacto y vibrante. Por la gracia del dios momo, el cuerpo ya no protesta, y la ‘patoneada’ de su vida, ha valido la pena.

En el carnaval no solo se baila, también se camina, se trabaja y, por supuesto, se come. Mientras unos desfilan, otros trabajan; y al sonar de la música, los vendedores cuentan monedas. Para muchos, esos cuatro días no son descanso, son sustento. Al final, la travesía por un chuzo no es solo hambre, es economía popular, es tradición, es esencia barranquillera. Para sobrevivir en ‘la arenosa’ no solo necesitas el ‘brilli brillí’ y saber bailar “la mini mini” en La Troja, también necesitas un puesto de chuzos que te salve y te devuelva las fuerzas para seguir festejando, porque aquí ¡Quien lo vive es quien lo goza!

 

 

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