
Por:
Carlos Mario Potes Charris
Universidad de la Costa
En el Carnaval de Barranquilla hay un momento que se repite cada año: cuando las candidatas a reina popular entran al escenario, el público no escucha primero sus voces ni conoce sus proyectos. Antes que nada, las mira.
Mira su estatura.
Mira su silueta.
Mira si encajan —o no— en la imagen que durante décadas ha definido silenciosamente lo que debe ser una reina.
Cuando Valerie Pertuz decidió postularse, lo sabía. No porque alguien se lo hubiera dicho directamente, sino porque esa idea flotaba en el ambiente del reinado como una regla no escrita: una reina debía parecerse a lo que siempre se había visto.
Ella misma dudó al inicio. No por inseguridad, sino por la distancia evidente entre su imagen y el molde tradicional. No se veía caminando como una reina ni dominando la estética que parecía exigirse en ese escenario.
Sin embargo, aquella noche de ensayos, bajo el calor espeso de febrero y el sonido vibrante de una cumbia que retumbaba en las paredes del barrio, Valerie no parecía estar intentando convertirse en reina. Parecía, más bien, ocupar un lugar que nunca debió negársele.
No porque se ajustara al molde, sino porque estaba dispuesta a demostrar que ese molde podía cambiar.
Su llegada al reinado no nació de una aspiración prolongada, sino de una insistencia colectiva. Amigos cercanos le recordaron que su barrio llevaba años sin representación y que ella, que había crecido allí, podía asumir ese papel.
Lo que inicialmente percibió como una oportunidad terminó convirtiéndose en un proceso de confrontación con una narrativa profundamente arraigada: la idea de que la legitimidad de una reina popular dependía en gran medida, de su apariencia.
Durante años, el reinado ha estado atravesado por un patrón silencioso: altura, delgadez, elegancia clásica. Un modelo tan repetido que muchas participantes llegan convencidas de que su principal fortaleza es encajar físicamente en él.
Valerie, en cambio, llegó desde otro lugar: desde el liderazgo comunitario, desde su capacidad de comunicación y desde un fuerte sentido social.
Mientras otras candidatas se preparaban para proyectar una imagen tradicional de reina, ella concentró su energía en un proyecto que buscaba rescatar la memoria histórica de su barrio mediante una plataforma digital. Su intención no era embellecer su imagen, sino fortalecer la identidad colectiva de su comunidad.
Su motivación era clara.
El entorno, no siempre.
Los comentarios aparecieron pronto.
Algunos sutiles.
Otros abiertamente críticos.
En los días de ensayo, mientras aprendía a caminar en tacones y a sostener una sonrisa que parecía obligatoria, las dudas también hicieron fila en su mente. No por vergüenza de su cuerpo —ese nunca fue el problema—, sino por la presión silenciosa de encajar en una imagen que no le pertenecía. Cada comentario sobre su estatura o su peso intentaba recordarle que estaba fuera del molde.
Sin embargo, lejos de debilitarla, esas voces terminaron reforzando su decisión: no había llegado para parecer una reina, sino para redefinir lo que significaba serlo.
Incluso en las presentaciones de baile, donde el talento debería ser el único criterio, hubo momentos que dejaron preguntas sin respuesta. A pesar de destacar por su ritmo y precisión, Valerie solía ubicarse en las últimas filas de la formación, detrás de otras candidatas que no siempre mostraban el mismo dominio. Algunos lo atribuían a la organización del grupo; otros, en voz baja, insinuaban que su apariencia podía haber influido en esa decisión. Nunca hubo una explicación oficial. Lo cierto es que, para ella, ese lugar en la fila terminó convirtiéndose en otra prueba silenciosa de que su presencia desafiaba más que un simple requisito estético.
Cuestionaban su estatura, su apariencia y su distancia frente a los estándares habituales del reinado. Sin embargo, esas observaciones no generaron en ella una crisis de inseguridad, sino un proceso inverso: reforzaron su convicción de que su presencia representaba una forma de transformación.
Más que sentirse fuera de lugar, Valerie asumió su diferencia como una declaración.
Mientras otras candidatas buscaban parecer reinas, ella se propuso redefinir lo que significaba serlo. Porque, en el fondo, el reinado popular no está concebido para premiar una estética, sino para reconocer liderazgos comunitarios, capacidades comunicativas y compromiso cultural.
Su presencia entonces, no incomodaba por su cuerpo, sino porque desordenaba una narrativa histórica. Una reina que no encajaba en el molde obligaba a preguntarse por qué ese molde existía.
Y esa pregunta sigue siendo incómoda dentro de una fiesta que, paradójicamente, se enorgullece de celebrar la diversidad.
El Carnaval, como espacio cultural, ha sido durante décadas un símbolo de pluralidad. Sin embargo, en sus escenarios de representación femenina también ha reproducido estéticas dominantes que limitaron la visibilidad de cuerpos distintos.
Valerie comprendió esa tensión desde el inicio. Su participación no fue solo un acto de representación, sino también una forma silenciosa de cuestionamiento.
La corona, para ella, nunca fue un fin. Fue una plataforma: un medio para amplificar proyectos sociales, fortalecer vínculos comunitarios y demostrar que el liderazgo no depende de medidas físicas, sino de la capacidad de movilizar a otros.
Su representación tenía un peso adicional. No se trataba de cualquier sector de la ciudad: Barrio Abajo es uno de los territorios más emblemáticos del carnaval, un lugar donde la tradición no se aprende en libros, sino que se hereda en las calles, en las ruedas de cumbia y en la memoria colectiva. Ser reina allí no solo significa portar una banda, sino representar una historia viva que ha sostenido el espíritu del carnaval durante generaciones.
Su relación con el Carnaval, además, no comenzó con el reinado. Había crecido dentro de esa tradición, participando desde la infancia en actividades culturales y desarrollando un conocimiento profundo de su historia. Por eso, más que sentir que el Carnaval la aceptaba al convertirse en reina, su experiencia reafirmó algo que ya sabía: su lugar dentro de esa fiesta nunca estuvo en duda.
Sin embargo, en medio de ese reconocimiento, algo parecía haberse quedado en silencio. El reinado popular nació para exaltar el baile y el folclor del barrio, para que la reina representara en su cuerpo la memoria del carnaval. Este año, aunque los criterios de elección apostaron por valores como el liderazgo y la inclusión —un avance necesario—, la esencia original no debería perderse en el camino.
Porque una reina popular no solo cuenta su propia historia: también es heredera de una tradición que luego la lleva al escenario del folclor.
Hoy, cuando recorre su barrio, Valerie no se define por la corona que llevó ni por los comentarios que enfrentó. Se define por haber demostrado que el liderazgo en el Carnaval no se mide en centímetros ni en tallas.
En una fiesta que proclama la diversidad como su esencia, su historia deja una pregunta inevitable:
Si el Carnaval nació para que todos tuvieran un lugar…
¿por qué durante tanto tiempo solo algunos cuerpos parecían tener derecho a ocuparlo?
Tal vez por eso, más que una excepción, Valerie Pertuz representa un cambio silencioso que apenas comienza: el momento en que una reina popular dejó de parecerse a un ideal de belleza…
y empezó, por fin, a parecerse a su comunidad.