
En un rincón olvidado del Caribe colombiano, donde la luz eléctrica no llegaba y la vida giraba en torno a la tierra, los animales y el sudor del día a día, nació una historia que pocos imaginaron que terminaría frente a las cámaras de una cadena internacional. Desde Tierra Firme, un corregimiento pequeño del municipio de Mompox, hasta los estudios de Telemundo en Estados Unidos, esta es la travesía de Jaime Corrales, que se construyó a sí mismo, paso a paso, desde el estiércol hasta el éxito.
“En un corregimiento del municipio de Mompox […] yo fui el número 16 de mi papá y mi mamá”. Así recuerda Jaime sus orígenes. Su nacimiento, cuenta, fue casi una metáfora de su destino: inesperado, pero inevitable. “Mi mamá venía montada en su burro, embarazada de mí […] y cuando fue al baño improvisado del patio, pensó que podía aguantarse hasta la noche, pero yo me salí”, recuerda entre risas, pero con una claridad asombrosa de cómo el silencio de su pueblo fue interrumpido por su primer llanto.

Desde su nacimiento, su niñez estuvo marcada por la humildad y el trabajo duro. “mi mamá en su burro, vendía puerta a puerta por las calles de mompox. Terminado eso…mandaba el poquito de farteda, con alguna de sus compañeras, y se quedaba lavando ropa ajena. […] en las tardes íbamos por los patios del pueblo a recoger el cagajón de burro seco y eso lo convertimos en abono”. Y, con una mezcla de orgullo y crudeza, remata: “Prácticamente, yo fui el recolector de cagajón”.
“EL DÍA QUE NO HUBO DESAYUNO, DECIDÍ IRME”
El estudio tampoco fue fácil. “En el pueblo no había bachillerato, entonces me tocaba ir en bicicleta hasta Mompox […] una hora pedaleando entre el barro cuando llovía […] Era chistoso que uno llegaba al colegio con los pies llenos de barro… le pedía el favor a algún vecino para lavarse los pies y poder entrar”.

Pero la gota que colmó el vaso fue una mañana sin desayuno. “Mi mamá me encontró en el camino rumbo al colegio con el uniforme de educación física. Al percatarse de que iba a hacer deporte y no había desayunado, más tarde llegó al colegio desde tan lejos con una empanada de queso y una gaseosa […] me dijo: “Hijo, como te viniste sin desayuno, Doña Julia me fió esto”. Ese gesto de amor lo quebró por dentro. “Ese día decidí que no podía seguir así […] no quería ser una carga para mi mamá, y me vine para Barranquilla”, confiesa entre lágrimas, mientras evoca el momento en el que, con solo 15 años, partió para cambiar su destino.
La llegada a la ciudad no significó comodidad, pero sí una oportunidad. se inventó su propio camino a través de un trueque poco convencional: limpiar un colegio a cambio de estudiar allí. “Mis compañeros nunca supieron […] Apenas terminaban las clases, yo me cambiaba y limpiaba todos los salones para que los de la jornada de la tarde los encontraran impecables”.

A pesar de tener un buen puntaje en las pruebas Icfes, el sistema universitario no le abrió las puertas. “Por palanca no entraba”, dice sin rodeos. Se resignó a estudiar Contaduría Pública, aunque confiesa: “Eso no me gustaba, lo que de verdad quería era estudiar comunicación social”. Fue entonces cuando su novia, hoy su esposa, le propuso algo radical: “Vámonos del país. Allá puedes trabajar, ahorrar y estudiar lo que de verdad quieres”.
“Trabajé cinco años en Estados Unidos… allá uno trabaja y puede tener sus cosas […] yo ya ejercía la comunicación de manera empírica pero me pedían certificado […] Me metí en una academia, hice un cursito de dos meses y me dieron certificado como locutor comercial.” y pronto logró ingresar a Viva 900, una emisora de Estados Unidos en la que tomó el rol de presentador deportivo. “Al principio no me creía capaz, pero un amigo me impulsó y creyó en mí […] y resultó que sí podía”. Aunque ya se sentía comunicador, su sueño académico seguía vivo.
A los 31 años, con dos hijos y dinero en mano, regresó a Colombia y se matriculó por fin en Comunicación Social. La ironía del destino le sonreiría años más tarde, cuando quien una vez le negó una oportunidad en televisión vería cómo su talento ahora abriría las puertas de Telemundo. “Me dijeron que no servía para la televisión […] años después, la misma cadena me contrató gracias a una joven a la que una vez le organicé su fiesta de quince, quien se convirtió en productora del canal. Ella me escribió: ‘¿Quieres presentar deportes? Mándame un demo’. Yo le dije que no podía… que ya me habían dicho que no servía. Y me respondió: ‘No seas bobo, mándalo’, relata, aún sin creérselo del todo.
Gracias a esa oportunidad, terminó en Telemundo Washington. “Ese trabajo me dio la chance de mirar a la gente a los ojos. Allá los latinos siempre buscan un referente… y yo me convertí en uno”. Y, aunque venía de años de sentir que no era suficiente, algo cambió: “Durante toda mi existencia fui servidumbre […] pero eso allá se rompió”. Lo menciona con serenidad y firmeza.
La fama, sin embargo, no fue suficiente para retenerlo lejos de casa. “Una de las cosas que hizo regresarme a quilla, fue el agradecimiento con mi esposa, ella mientras yo estudiaba, tomó la rienda de los gastos de la casa. Me tocó escoger entre mi vida profesional y mi familia… y la elegí a ella […] Después de Telemundo, hice mi maestría y me dediqué a la docencia… Fui profesor siete años en la Universidad del Norte.
“YO FUI EL QUE VENDÍA CAGAJÓN, AHORA ENSEÑO A LOS HIJOS DE LA GENTE DE PLATA”
Con una mezcla de humor y orgullo, recuerda: “Yo era el que recogía cagajón en Tierra Firme… el que limpiaba colegios… y ahora formo a los hijos de quienes quizás nunca imaginaron que un recolector de estiércol les enseñaría”. Para él, su historia es más que una anécdota: es una herramienta. “Mi historia le sirve más a un pelado con dificultades que cualquier teoría”. Actualmente Jaime ejerce su docencia en la Universidad de la Costa y afirma “Yo soy hijo de la radio… y hoy me gozo enseñando filosofía de la comunicación, desarrollo social, interculturalidad, y eso es lo mas lindo que me ha dado la Universidad de la costa, el poder explorar diferentes áreas de la comunicación”
La historia de Jaime Corrales no es solo un testimonio de superación; es una afirmación poderosa de que el origen no define el destino. Su vida es una caminata firme entre la humildad y el sueño, entre la invisibilidad y el reconocimiento. Lo conmovedor no es que haya llegado lejos, sino cómo lo hizo: con esfuerzo, sin privilegios, sin atajos, y siempre fiel a lo esencial: el amor por su madre, la gratitud por quien creyó en él y la firme decisión de no quedarse donde la vida lo dejó.