
Por:
Ana Catalina Muñoz
María Gabriela Serpa
Barranquilla sabe de muchas cosas: de coronas, de aplausos y de tarimas llenas de tradición; pero pocas veces ha sido testigo de un momento tan emotivo como el que se vivió el 18 de enero en la Plaza de la Paz. A las tres de la tarde, cuando el sol caía sin piedad, ya había largas filas, de esas que se forman antes de presenciar algo sin igual. Desde las cuales ya se veían las primeras sombrillas abiertas y a las personas que rápidamente buscaban sombra. El calor castigaba, sobre todo a los que como yo llegaron temprano. Desde mi lugar observaba todo: los comerciantes vendiendo agua, los niños con sus padres cubriéndose y yo estaba ahí esperando, sintiendo cómo el resplandor y la brisa se mezclaban en mi piel, obligándome en un momento a amarrar mis rizos para estar más cómoda y poder disfrutar lo que estaba por venir.
La dinastía Acosta no nació de la casualidad. Mientras Colombia entera se estremecía con Odio gitano, nacía Checo, coincidiendo con el primer gran éxito de su padre, el maestro Alci Acosta. Desde entonces, inevitablemente la música fue destino. Checo creció entre boleros, dolor, amor y resiliencia; con el apoyo incondicional de su madre Ruth y con una carrera que lo llevó de las orquestas a convertirse en uno de los símbolos vivos del Carnaval de Barranquilla. Por eso lo llaman el Príncipe, porque supo conquistar al pueblo desde la tarima y desde el corazón.
Pero si retrocedemos años atrás, nos damos cuenta que incluso en las grandes familias hay sueños rotos. En 2009, su hija mayor, Lauren Acosta, intentó llevarle la corona del Carnaval a su abuela, esa que tanto quería, pero lastimosamente no lo logró. Aquella fue una derrota silenciosa que también rompió el sueño de Ruth, que en vida tenía el anhelo de ver coronada a una de sus nietas. Pero lo que no sabían era que ese sueño no se había acabado, solo quedó suspendido en el tiempo por algunos años, hasta que llegó Sharon, para sanar la herida y cumplir lo que parecía inconcluso.
Con apenas 11 años, pianista, bailarina, y artista disciplinada, Sharon no llegó al Carnaval por apellido, sino por formación y pasión. Creció entre ensayos, coreografías y melodías, entre la danza heredada de su madre Jazmín y el piano que parecía venirle en la sangre. Desde pequeña, soñó con la corona. Y en 2026 el carnaval decidió escucharla.
Antes de entrar, uno ya intuía que no era un evento cualquiera. Aunque el ambiente era ordenado, porque al final era un evento infantil, había emoción en el aire. La música que sonaba mientras esperábamos tenía ese toque infantil justo, sin exagerar. Al dar mis primeros pasos dentro, la escena era clara, la tarde ardiente cubría al público. Una de las tías de la reina estaba ahí, decidió quedarse un poco más atrás, quería disfrutar sin afán. Más familiares fueron llegando. La sensación, era amena puesto que todo se sentía profundamente cercano, como si la Plaza se hubiera convertido, por unas horas, en el patio grande de una casa llena de familiares.
Tengo el recuerdo muy claro que una de las primeras en llegar fue la presentadora Rochi Stevenson. No llevaba sombrilla, así que su esposo se paró detrás de ella para cubrirla del sol con su cuerpo. Luego se sentaron juntos, expectantes, a disfrutar del evento. Ese gesto
sencillo ya hablaba del tono de la tarde. A medida que avanzaba la hora, miré hacia atrás. Y era increíble: la Plaza de la Paz estaba repleta. Las escaleras de la Catedral llenas de gente. Cuando caminé unos pasos hacia atrás para ir al baño, pude percibir la emoción de quienes estaban más lejos de la tarima. Me sentí agradecida por estar más cerca, por poder ver de frente un espectáculo tan majestuoso. Pero, aunque estaba adelante, al fondo el carnaval tenía otro pulso; allí no importaba la distancia con la tarima, porque la fiesta nacía del pecho y se expandía como un eco interminable.
Y entonces empezó. La tarde de la coronación fue concebida como un relato vivo. El espectáculo fue una celebración de la tradición, con ritmos afro, cumbia, salsa, champeta y bullerengue dialogando entre generaciones. Esto no fue solo un acto, fue una narración, Guillo narraba como si estuviéramos en un cuento contado escena a escena. Por eso nunca se perdió la atención del público. Era una historia de reinas, de familia, de herencia. Había un príncipe, sí, vestido de azul, pero esta vez no era el protagonista, la protagonista era otra. Y allí fue cuando Sharon apareció vestida de cielo envolviéndose en tonos azules, plateados y blancos, como si llevara el firmamento sobre la piel. Su pollera brillaba con cristales que respondían a cada movimiento, mientras la corona reposaba firme, sin pesarle.
El calor de la tarde seguía fuerte, pero poco a poco empezó a esconderse detrás de la Catedral. La temperatura del ambiente bajaba, contrastando con la temperatura del público, que subía cada vez más. Se sentía una checomanía en el aire. Así mismo, Joshua Ortiz, el Rey Momo Infantil, apareció y como era de esperarse, derritió a todos, más que el mismo sol. Su ternura fue arrolladora. Incluso su barra era más grande que la de la misma Sharon. Eso decía mucho del cariño del público y del carnaval que estos dos grandes niños estaban logrando.
En medio del show, todo parecía ser normal; pero entonces la magia siguió ocurriendo. En ese instante, Sharon no salió sola. Sino de la mano de su madre, rompiendo el libreto del Carnaval Infantil. Madre e hija bailaron juntas, un acto nunca antes visto en este escenario. El aplauso no fue inmediato; fue creciente, como la emoción que se apoderó del público.
Había una persona llegada desde Estados Unidos, muy cerca de mí, que no dejó de bailar en todo el espectáculo. Tomaba fotos, gritaba, celebraba. Estaba completamente conectado con lo que pasaba en tarima. En un momento lo escuché decir que este evento debía mostrarse en Las Vegas. Y a mi parecer, no sonó para nada exagerado.
Checo, debajo de la tarima, sin micrófono, con su expresión le gritaba al mundo lo orgulloso que se sentía. Lágrimas cristalinas brotaban de sus ojos y hacían juego perfecto con los cristales del vestido que ese día coronó a Sharon. Ya no se veía como el príncipe. Se veía como un padre; quienes tienen el honor de serlo se identificaron. Porque cuando él pedía que se pusieran en su pellejo, el viento parecía traer una sola voz. Yo la escuché. A mi lado, un padre, acompañado de su hija, dijo con fuerza: «Claro que te entendemos, carajo».
Cuando llegó el momento del príncipe de subir al escenario, anunció su canción con la mano en el pecho, dedicándosela a su madre. Arrancó con su voz de trueno, esa que llena plazas. Y así cantaba: «Yo no te di el regalo de la vida, la vida me regaló el tenerte a ti, tus sueños
son mis sueños, tu felicidad es mi felicidad». Empezó firme. Pero en la tercera línea, su voz no lo acompañó, se quebró. Lloró como buen padre. Y sí, se recompuso, siguió cantando. Su voz volvió, pero su corazón seguía quebrado, no de tristeza, sino de felicidad.
Alci, al entrar, mostraba el peso de los años. Tal vez tuvo ganas de decir que no. Pero ¿Cómo negarse? Su intervención fue corta, pero mágica. Cantó: No renunciaré. Esa puesta en escena en específico fue de otro mundo, los faroles que subían al cielo, Ruth seguro los miraba, los niños alrededor, fue un momento sublime. De la misma forma, Lauren salió al escenario. No como reina, como alguna vez lo soñó, estaba acompañando a la reina que siempre tuvo en casa. No llevaba corona, pero caminaba como quien sabe que la realeza también habita en el amor. Ese día, yo me sentía como viendo una novela familiar, todo era perfecto, hasta la tía Ruce de Sharon, quien iba perfectamente maquillada, bailó, brincó, disfrutó y ni se despeinó.
La noche siguió creciendo. Sharon acompañó a Maía y a Checo en un bullerengue, y luego, con su pollera de lentejuelas azules, se sentó frente a un piano de cola blanco. Fue ahí cuando sus manos empezaron a tocar Yo me llamo cumbia, en ese instante el tiempo se detuvo. Allí estaba la nieta de Alci. ¡Qué orgullo! Frente al piano, Checo observaba. Ya no era el Príncipe del Carnaval, era un padre viendo cumplir un sueño que había esperado más de una década. El lugar, por un instante, dejó de ser ruido para convertirse en emoción pura. Entonces, no resistió más; el hombre tan respetado se volvió vulnerable, el que ha recorrido escenarios del mundo, el que siempre baila y sonríe, se quebró. Lloró una vez más frente al público, frente a Barranquilla. Lloró por su madre Ruth, por Lauren, por Sharon, por la bendición de llevar el apellido Acosta. El público celebró y lloró con él.
Checo seguramente pensó en la “niña” Ruth, ya que en sus lágrimas no había debilidad; había verdad. Porque llorar ahí, frente a todos, era aceptar que la vida le estaba devolviendo un sueño que alguna vez creyó perdido, era la promesa de una madre carnavalera cumpliéndose desde el cielo. El público respondió con un aplauso largo, profundo, sincero. No fue escandaloso, fue respetuoso. Todos se emocionaban, y muchos comprendieron que el Carnaval también educa cuando muestra que el orgullo se puede llorar, que la alegría también puede doler de tan intensa, que la tradición no es repetir, sino honrar.
Ese instante quedó suspendido en la memoria colectiva. Me levanté, miré hacia atrás, vi ese mar humano en las escaleras de la Catedral y entendí lo que significa ser parte de algo más grande. No fue solo la coronación, fue algo más profundo; la certeza de que lo que empezó hace años en una casa llena de música sigue respirando hoy en las manos de una niña que toca el piano con el alma. Allí se entendió que la música no se hereda solo cantando, sino creciendo entre el respeto, la disciplina y el amor por lo que se hace. Que el arte no se obliga, se acompaña. Y que llevar un apellido tan grande no es solo una carga, también es un abrazo cuando se camina con humildad y con el corazón puesto en la tradición. Esa tarde, bajo el sol, la brisa, las sombrillas y las lágrimas, Barranquilla entendió que incluso los príncipes lloran cuando el Carnaval les toca el corazón.