
Cuando el alba empieza a colorear el día con sus primeros rayos y el canto de los gallos irrumpe el silencio, un andar quedó, casi imperceptible, arrastra los años hacia ese lugar donde la magia de la vida se vuelve café. Y es que don Gaspar Bolaño, centenario autosuficiente, independiente y vivaz, encuentra en un sorbo de ese preciado líquido la forma de ponerse en línea para la ardua tarea de seguir viviendo.
Decir que en don Gaspar hay cien años sentados en un mismo cuerpo no es una forma de medir su edad, sino un intento de nombrar aquello que en él ha decidido quedarse. Porque el tiempo, cuando no se rompe, no avanza: se acumula, se acomoda y termina convertido en presencia. En su caso, cada año parece haberse sentado con paciencia, como quien encuentra un lugar donde quedarse sin ser expulsado. Por eso no se trata de cuántos años tiene, sino de cómo los ha sostenido. Hace mucho comprendió que la vida no es una carrera, sino una manera de permanecer sin quebrarse.
En Colombia, un país donde el envejecimiento avanza con una prisa silenciosa, más acelerada que en cualquier otra nación de las Américas, un grupo de científicos decidió realizar el Proyecto Centenarios, la primera investigación del país dedicada a comprender la vida de quienes han alcanzado los cien años o más. Liderado por la Universidad de la Costa, este esfuerzo fue presentado ante la comunidad científica como un llamado urgente a descifrar los misterios de la longevidad. Se implementaron evaluaciones que medían las condiciones físicas, cognitivas y resonancias magnéticas cerebrales con el objetivo de identificar los factores que permiten a un número reducido de colombianos superar el siglo de vida.
Y aunque el estudio ha arrojado datos importantes, no alcanza a capturar la forma en que un hombre decide, cada mañana, levantarse para seguir viviendo. Don Gaspar nació en el barrio La Manga de Cartagena, cuando las calles aún ofrecían espacio para la infancia. Creció junto a un lago, arrojando piedras al agua como quien aprende, sin saberlo, a medir el tiempo en círculos que se expanden. Su niñez fue un territorio sin apremios, donde el juego era la única ley y la risa no tenía precio.
– Era mejor que ahora – dice con la serenidad de quien ha visto cambiar el mundo sin poder detenerlo.
En aquellos años, las calles no tenían el peso del peligro. Se jugaba béisbol en medio del polvo, se corría detrás de un barrilete como si el cielo fuera alcanzable. No había tráfico, ni ruido, ni esa prisa que hoy parece perseguirlo todo. La infancia, entonces, era un espacio abierto. Ahora, –ni siquiera cabe dentro de una casa-. La vida dejó de invitarlo a jugar y comenzó a exigirle cuentas. En una fábrica de salsa de tomate a Gaspar se le acabó la niñez, antes del primer turno. Lavaba botellas, pelaba cebollas hasta que el llanto dejó de ser tristeza y se volvió costumbre muda. Luego fue albañil, mensajero, hombre de imprenta. Se movió entre ciudades como quien no dispone de tiempo para detenerse a pensar si ese era, en efecto, el camino correcto. Barranquilla lo recibió; Cartagena lo vio regresar.
No tuvo hijos ni esposa; –fue por la parranda- y lo comenta con una risa leve, como quien no siente la necesidad de justificarse. Aun así, la vida nunca le concedió la soledad: tiene una familia que lo nombra, lo visita y lo sostiene, como se cuidan las cosas que no se desean perder. Y entre todos hay una presencia que no se mueve: Graciela. Su sobrina. Pero también con ella, algo sin nombre: un tiempo que echó raíces en la casa, una compañía antigua y obstinada que decidió permanecer incluso cuando los recuerdos empezaron a disolverse. Lleva más de treinta años a su lado, organizándole la vida como quien acomoda con delicadeza los días de otro para que no se deshagan; lo ha visto amanecer miles de veces, encender la estufa, preparar su café, olvidar lo mínimo y, al mismo tiempo, recordar con una claridad intacta aquello que el tiempo no logró borrar.
Don Gaspar no se ha quedado: solo se ha vuelto más lento, que no es lo mismo. Aún baja las escaleras, lava sus platos y se prepara el café con una paciencia heredada del tiempo. Lee, practica inglés para que la mente no se le oxide y hace respiraciones profundas, como si cada bocanada fuese una forma de quedarse un poco más. Come tres veces al día, sin exigencias, yo no le pongo pero a nada, y ha sido fiel a una rutina simple y constante. Sobre todo, nunca dejó de aprender: terminó el bachillerato cuando ya había vivido más que muchos de sus profesores, y su grado, rodeado de su familia, fue más que un logro académico una victoria callada frente a la idea de que ya era tarde. Hoy aún abre libros, repasa palabras en inglés que a veces se le escapan, respira hondo, hace ejercicios suaves y se mantiene en movimiento. No combate la vejez, convive con ella.
Pero si hay algo que ningún examen ni estadística puede medir es la manera en que recuerda. Evoca a su padre llegando con pequeños regalos, libritos de chistes que eran una forma de acercarse a su madre, mujer amorosa y buena. Recorre con los recuerdos las calles, los juegos, las fiestas. Porque él también es baile, música, jolgorio. Yo iba de fiesta en fiesta; Y su mente divaga al compás de las melodías de antaño, bailando sin parar y siendo feliz. Ahora baila menos; no porque no quiera, sino porque el mundo, y la cultura cambiaron; su cuerpo ya no responde igual. Sin embargo, el ritmo de las canciones que habitan en su mente lo hacen mecerse de un lado a otro como antes, como siempre.
El Proyecto Centenarios sigue creciendo, buscando entender lo que don Gaspar encarna. Más de 140 colombianos han sido estudiados. Se analizan sus hábitos, sus cuerpos, sus historias. Se construye una base de datos que, en el futuro, podría orientar políticas públicas, mejorar la calidad de vida, cambiar la forma en que el país mira la vejez.
Pero mientras la ciencia avanza, Gaspar sigue haciendo café cada mañana, como si en ese gesto sencillo se escondiera una respuesta que nadie termina de descifrar. Tal vez sea ahí, en la repetición humilde de lo cotidiano, donde la vida revela lo que los estudios aún no alcanzan a nombrar.
Porque don Gaspar no le ganó al tiempo ni lo venció. Hizo algo más difícil, más hondo, más humano: permitió que se sentara dentro de él, sin miedo, durante cien años. Y en esa convivencia discreta entre el hombre y los días, dejó una enseñanza que no cabe en estadísticas: que la verdadera longevidad no está en alargar la vida, sino en aprender a habitarla.
Redacción:
Isabel Llerena Rangel, profesora del programa de Comunicación y Medios Digitales
Valeria Tovar, estudiante cuarto semestre del programa de Comunicación y Medios Digitales
Comité editorial:
Natalia Bayuelo Roncallo, profesora del programa de Comunicación y Medios Digitales
Margarita Quintero León, directora del programa de Comunicación y Medios Digitales